El viento venía del noreste, me pegaba en la cara y yo podía sentir ese aroma tan particular del mar. Estaba parado en la orilla y las olas venían a morir a donde estaba como invitándome a una fiesta de agua, fuerza y espuma. Mis pequeños pies se hundían en la arena mojada, miraba fijo las olas al retirarse y perdía el equilibrio hasta caer sentado como si estuviera pegado al suelo.
El sol comenzaba a desaparecer por detrás de las casitas y yo estaba feliz, el verano recién empezaba y sabía que, ahora al volver de la playa, me esperaría el té con galletitas Sueños del mar, y después iría a jugar con mis amigos por los pasillos bordados de canteros con Damas de noche y Azucenas. O tal vez me esperaría una escondida multitudinaria cuyo campo de juego se extendería hasta las casas vecinas, o quizás un baile en el patio grande, o un tímido pero eficaz intercambio de verdades y consecuencias que dejarían al descubierto reveladores secretos amorosos. Y después o quizás mañana iría de paseo al centro, y seguramente iríamos todos juntos y nos sorprenderíamos con los cambios, con las cosas nuevas y con las que se habían ido con el verano anterior.
Es raro que me duerma en la ruta pero el asiento de atrás del auto es verdaderamente tentador. No se si es el aroma en el aire o el cambio de ritmo del auto, pero cuando uno se duerme en el viaje, suele despertarse automáticamente al entrar a este pueblo. Estaba de buen humor, pues soñar con cosas que me han hecho feliz me hacía muy bien.
Era una mañana fresca de octubre pero se notaba que el sol iba a quedarse durante todo el día. Llegamos a Casitas Gloria por la Av. Costanera. Y aquel sol que recién salía del mar pegaba de frente en las paredes despintadas, y los desprolijos grafitis resaltaban en la descascarada pintura de manera impertinente. El abandono se percibía antes de entrar. Mientras buscaba las llaves en el bolso me detuve a pensar en cuanta razón tenía Don Ricardo Cardillo cuando, hace sesenta años, decía que llegar acá era una gloria. A pesar de que hoy es mucho mas sencillo el viaje. Pisar estas playas, esta arena, esta casa, para mi seguía siendo una gloria.
Quise abrir la puerta pero me fue imposible, el aire de mar y la excesiva humedad habían roído las cerraduras de tal manera que el mecanismo se había convertido en una maza amorfa de hierro oxidado. Decidí trepar por la chimenea de la esquina y entrar de todas formas por la terraza. Al bajar la escalera tuve que pasar entre los escombros y un montón de botellas rotas que escondían los escalones. El impacto, al pisar el pasillo, fue desbastador, todo estaba sucio y destrozado. Las puertas y ventanas habían sido forzadas y los departamentos estaban casi vacíos, se habían robado todo lo que podía llegar a ser de algún valor. En los baños los sanitarios habían sido arrancados y faltaban todos los caños de plomo.
Corrí por el único departamento con doble entrada y fui hasta el primer patio. Me quedé por un instante paralizado ante aquel panorama. De pronto pude sentir como el alma se me despegaba del cuerpo, pude abstraerme y verme parado en aquel patio entre los cardos que crecían desde las grietas del piso y alcanzaban casi los dos metros de altura. Y me pregunté en que momento me había quedado solo, por que todo aquel lugar significaba lo que significaba sólo para mi. Que había sido de todos esos chicos que jugaban a la escondida conmigo y que llenaban de alegría los floridos pasillos que hoy estaban desiertos, no solo de flores, si no también de aquellas almas que inundaban de vida aquel lugar. Todos habían crecido y el destino los había llevado por diferentes rumbos, y así cada uno de ellos se fue alejando de mi. Pude sentir como mis sueños también se alejaban, tenía que aceptar que mis hijos jamás podrían disfrutar de una infancia como la mía, donde las vacaciones no solo eran aquel merecido descanso anual, si no que también eran miles de vivencias, era conocer nuevos amigos, descubrir el mar, el amor.
Muchas veces soñé con olas gigantes, con un mar negro que por la noche crecía y se llevaba todo. Hoy ese mar se había convertido en abandono, en desidia, en olvido.
Mi alma me volvió al cuerpo despabilándome con un fuerte escalofrío. El olor nauseabundo que salía de los oscuros departamentos abiertos trepaba por mi nariz. Y yo tenía esa horrible sensación de haber tomado conciencia de la cruda realidad, de que mi niñez, mi pedacito de mar y mis amadas casitas se perderían para siempre y que nada podría hacer para evitarlo. Me incliné para tomar una pata de rana rota tirada entre los escombros, me senté en el borde de un cantero y desconsoladamente lloré.
(a mis tan ajenas y propias Casitas Gloria... ) Pablo F. Schirliski 16 Octubre 2006.-
Monday, October 16, 2006
Tuesday, October 10, 2006
Sabía que vendrían
Sabía que vendrían. Nunca supo muy bien como lo supo. Pero aquella mañana, Andrés se había despertado con la certeza de que así sería..
Sin siquiera lavarse la cara, abrió la puerta y salió a la terraza. La niebla apenas le dejaba ver los medanos al otro lado de la calle. Y el mar se hallaba oculto detrás del espeso velo matinal.
Volvió a entrar y mientras calentaba el café, comenzó a planificar que pondría en su bolso. Enseguida pensó en la temperatura de su lugar de destino, y se dijo: ¿allí será invierno o verano? Claro, como saberlo, si nadie jamás habría vuelto para contarlo. Entonces resolvió poner solo la poca ropa limpia que le quedaba. calculando que luego ellos se encargarían del resto.
Llenó la taza con el café bien caliente, y se sentó en la mesa redonda de la cocina de frente a la ventana, tomó su anotador y comenzó a pensar en que podía escribirles, a modo de despedida, a cada una de las personas que mas lo habían querido, Luego de pensar largo rato, reflexionó en que no eran necesarias despedidas de ningún tipo, y que las personas que lo habían querido sabían bien de su amor hacia ellos, y las que no, no les importaría demasiado saber sobre su destino.
Todavía le faltaba dilucidar de que manera se presentarían ellos, o en que vehículo vendrían a buscarlo. La inquietud lo molestaba un poco ya que no sabia tampoco como iba a darse cuenta a donde debía ir y en que momento.
Era extraño por que si bien íntimamente sabía que el viaje iba a ser largo, y que tal vez no volvería, no sentía la congoja de abandonar sus lugares, su gente. Siempre había sido muy conservador, pero en esta ocasión tenía la extraña capacidad de poder desprenderse de todo sin el más mínimo sufrimiento.
Con el correr de las horas la inquietud comenzó a transformarse en temor. Empezó a creer que se olvidarían de él, y no sabía como iba a hacer al día siguiente para poder soportarlo. Por un segundo pensó en la vieja pistola que había heredado de su padre, hacía tanto que no la disparaba que no sabía si funcionaría. Y si cometía alguna locura y ellos solo estaban un poco retrazados?
A lo largo de la tarde, subió y bajó las escaleras del departamento infinidad de veces, dio unas doscientas vueltas a la manzana y caminó en círculos por la terraza casi hasta hacer un surco.
Ya comenzaba a caer el sol detrás de las últimas casas del poblado. La bruma se había mantenido pegada al suelo durante todo el día. Las calles estaban mojadas y la humedad se escurría por las paredes.
Cansado de esperar Andrés tomó el bolso, cruzó la calle y se sentó en la arena frente al mar. La impaciencia y un temor casi incontrolable estaban apoderándose de su alma. El día estaba llegando a su fin, y ellos todavía no habían aparecido.
Hasta que de repente un pasillo de luz se abrió entre la niebla en dirección a la orilla... El supo enseguida que aquello era una señal. Rápidamente se quitó la ropa y corrió a toda velocidad hacia el agua. Al mojarse los pies, en contraste con el frío del ambiente, el mar le resultó tibio. Corrió hasta donde pudo y cuando el agua le llegó casi a la cintura, se zambulló y comenzó a atravesar la rompiente por debajo de las olas. En cuanto percibió que las aguas estaban calmas, se detuvo y miró a su alrededor. Hacia atrás una cortina de niebla había cerrado el camino, ahora el trecho solo se habría hacia delante. Sintió como el mar lo elevaba con una ondulación interminable, y cuando estaba bien arriba, vió al final del pasillo una especie de cúpula semicircular que parecía de acero refulgente que se abría paso desde las profundidades. Estaba lejos pero creyó poder alcanzarla. Nadó con todas sus fuerzas, con toda su alma, con todo su corazón.
Su cuerpo apareció flotando inerte varios días después en la ruta de un guardacostas, unos veinte kilómetros al sur del lugar donde había sido encontrado su bolso junto a un montículo de ropa.
Algunos creen que aquello fue un accidente, otros se inclinan por la idea del suicidio. Yo prefiero pensar que, ni sus pertenencias, ni su cuerpo eran necesarios allí a donde pensaba ir.
Se dice que para tomar la decisión de acabar con la propia vida es necesario tener un coraje especial, también hay quienes creen que solo es cosa de covardes, pero tal vez nadie se ha puesto a pensar en esos extraños mecanismos de la mente. A través de los cuales aquellos que se han ido por decisión propia, han estado convencidos de que alguien los vendría a buscar para llevarlos a un lugar mucho mejor que este.
O a caso ese lugar donde las utopías no son necesarias realmente existe?. Y solo unos pocos han tenido la capacidad de conocer el camino.
Pablo F. Schirliski (Enero 2006)
Sin siquiera lavarse la cara, abrió la puerta y salió a la terraza. La niebla apenas le dejaba ver los medanos al otro lado de la calle. Y el mar se hallaba oculto detrás del espeso velo matinal.
Volvió a entrar y mientras calentaba el café, comenzó a planificar que pondría en su bolso. Enseguida pensó en la temperatura de su lugar de destino, y se dijo: ¿allí será invierno o verano? Claro, como saberlo, si nadie jamás habría vuelto para contarlo. Entonces resolvió poner solo la poca ropa limpia que le quedaba. calculando que luego ellos se encargarían del resto.
Llenó la taza con el café bien caliente, y se sentó en la mesa redonda de la cocina de frente a la ventana, tomó su anotador y comenzó a pensar en que podía escribirles, a modo de despedida, a cada una de las personas que mas lo habían querido, Luego de pensar largo rato, reflexionó en que no eran necesarias despedidas de ningún tipo, y que las personas que lo habían querido sabían bien de su amor hacia ellos, y las que no, no les importaría demasiado saber sobre su destino.
Todavía le faltaba dilucidar de que manera se presentarían ellos, o en que vehículo vendrían a buscarlo. La inquietud lo molestaba un poco ya que no sabia tampoco como iba a darse cuenta a donde debía ir y en que momento.
Era extraño por que si bien íntimamente sabía que el viaje iba a ser largo, y que tal vez no volvería, no sentía la congoja de abandonar sus lugares, su gente. Siempre había sido muy conservador, pero en esta ocasión tenía la extraña capacidad de poder desprenderse de todo sin el más mínimo sufrimiento.
Con el correr de las horas la inquietud comenzó a transformarse en temor. Empezó a creer que se olvidarían de él, y no sabía como iba a hacer al día siguiente para poder soportarlo. Por un segundo pensó en la vieja pistola que había heredado de su padre, hacía tanto que no la disparaba que no sabía si funcionaría. Y si cometía alguna locura y ellos solo estaban un poco retrazados?
A lo largo de la tarde, subió y bajó las escaleras del departamento infinidad de veces, dio unas doscientas vueltas a la manzana y caminó en círculos por la terraza casi hasta hacer un surco.
Ya comenzaba a caer el sol detrás de las últimas casas del poblado. La bruma se había mantenido pegada al suelo durante todo el día. Las calles estaban mojadas y la humedad se escurría por las paredes.
Cansado de esperar Andrés tomó el bolso, cruzó la calle y se sentó en la arena frente al mar. La impaciencia y un temor casi incontrolable estaban apoderándose de su alma. El día estaba llegando a su fin, y ellos todavía no habían aparecido.
Hasta que de repente un pasillo de luz se abrió entre la niebla en dirección a la orilla... El supo enseguida que aquello era una señal. Rápidamente se quitó la ropa y corrió a toda velocidad hacia el agua. Al mojarse los pies, en contraste con el frío del ambiente, el mar le resultó tibio. Corrió hasta donde pudo y cuando el agua le llegó casi a la cintura, se zambulló y comenzó a atravesar la rompiente por debajo de las olas. En cuanto percibió que las aguas estaban calmas, se detuvo y miró a su alrededor. Hacia atrás una cortina de niebla había cerrado el camino, ahora el trecho solo se habría hacia delante. Sintió como el mar lo elevaba con una ondulación interminable, y cuando estaba bien arriba, vió al final del pasillo una especie de cúpula semicircular que parecía de acero refulgente que se abría paso desde las profundidades. Estaba lejos pero creyó poder alcanzarla. Nadó con todas sus fuerzas, con toda su alma, con todo su corazón.
Su cuerpo apareció flotando inerte varios días después en la ruta de un guardacostas, unos veinte kilómetros al sur del lugar donde había sido encontrado su bolso junto a un montículo de ropa.
Algunos creen que aquello fue un accidente, otros se inclinan por la idea del suicidio. Yo prefiero pensar que, ni sus pertenencias, ni su cuerpo eran necesarios allí a donde pensaba ir.
Se dice que para tomar la decisión de acabar con la propia vida es necesario tener un coraje especial, también hay quienes creen que solo es cosa de covardes, pero tal vez nadie se ha puesto a pensar en esos extraños mecanismos de la mente. A través de los cuales aquellos que se han ido por decisión propia, han estado convencidos de que alguien los vendría a buscar para llevarlos a un lugar mucho mejor que este.
O a caso ese lugar donde las utopías no son necesarias realmente existe?. Y solo unos pocos han tenido la capacidad de conocer el camino.
Pablo F. Schirliski (Enero 2006)
Monday, October 09, 2006
Buscándote
Estaba atardeciendo, la calle se había teñido de una gris y triste humedad. El otoño se hacía presente en el crujir de las hojas secas bajo mis pies. Caminaba sin rumbo, y en mi cabeza solo estaba su imagen, la veía junto a mi paseando por la playa, la veía besándome y diciendo entre caricias:
- Te amo, ojitos de mar...
El estomago se me hacía un nudo y mi corazón latía a gran velocidad. Su recuerdo era pesaroso, pues ya no estaba conmigo; pero no podía dejar de pensar en ella, la veía en todas partes: en el aroma de algunos perfumes, en la música, en el cielo y hasta en los televisores de las vidrieras... estaba su presencia flotando en la atmósfera, permanentemente la sentía cerca de mí, escuchaba su vos mezclada con el viento. De repente la vi, justo doblaba en la esquina, era su pelo y llevaba puesto su largo gamulán marrón. Corrí para abrazarla, pero cuando llegué ya no estaba. La calle estaba desierta, y las hojas en el piso bailaban con el viento, al son de una triste melodía que se dejaba oír a través de una ventana. Choqué contra el poste que indicaba que me encontraba en la esquina de la calle Carlos Tejedor y Villate, estaba desorientado, recordaba haber estado tomando un café en el Esportman, en el barrio de Belgrano. Ahora frente a mí y entre sombras se dejaba ver la estación de Munro, rodeada de pequeños espacios verdes, y custodiada por enormes eucaliptos que con su gigantesca silueta anticipaban la noche. Me sentí cansado y decidí sentarme en unos largos y fríos bancos circulares. El olor fuerte y descongestivo de los árboles trajo a mi mente el recuerdo de las plazas de San Bernardo y ahí otra vez aparecía ella. Estaba más linda que nunca, llevaba puesto un vestido largo que resaltaba su delicada figura, me miró a los ojos y me dijo entre lágrimas, que no podía darse el lujo de amarme, me besó en la frente, montó un imponente caballo blanco y se perdió detrás de los médanos.
El viento en la cara, y el áspero sonido del tren me trajeron de nuevo a la realidad. La gente inundaba los andenes con paso apurado, había en ellos una indiferencia tal que me hacía sentir aún más indefenso.
La noche no se hizo esperar y entre el murmullo de los que se perdían sentí un lastimoso quejido, sin pensarlo me levanté y empecé a buscar de donde venía. Lo encontré al pie del único sauce del lugar, estaba sentado con su cabeza entre las rodillas, vestía una blanca y holgada camisa a modo de túnica y emanaba de su cuerpo un incandescente fulgor amarillo que parecía ser su aura. Lloraba sin consuelo. Me acerque, puse la mano sobre su pelo y le dije:
- Por qué llorás?
Él levantó la cabeza y me miró a los ojos. Me llené de espanto al verlo, era igual a mí, era mi rostro pero con una palidez desconocida.
- de impotencia -me dijo- porque estás triste y no puedo ayudarte
- Cómo te llamás? , Quién sos?. Le pregunté
- Hace ya varios años me bautizaste Villa lobos Ramírez, mi antiguo nombre no lo recuerdo. Soy tu única y perpetua compañía, soy tu ángel de la guarda.
- Y que te pasa?
- no solo ella te abandonó, vos también lo hiciste. Estás hecho un despojo y a mi se me hace muy duro cargar con tu tristeza. Pero tenés dos opciones...
- Cuáles? –le pregunté ansioso-
- O te hundís en la congoja y aceptas tu triste y desafortunado destino, o peleas por ella, así tengas que ir al mismo infierno. Contarás conmigo sólo si sabés elegir...
- Que cosa?
- a su debido momento lo sabrás - y perdiéndose en la oscuridad, continuó diciendo: - de todos modos abajo te estarán esperando...
Un coche con vidrios oscuros se detuvo ante la barrera baja, en el estéreo sonaba una melancólica canción, era la misma que había escuchado a través de aquella ventana. Como una película, volví a ver su imagen con su gamulán y su pelo suelto volcado sobre los hombros. Lloraba y repetía mi nombre. El miedo me paralizó por un instante, en cuanto reaccioné empecé a correr. Más o menos a las tres cuadras sentí que el tranco se me hacía más liviano, y que podía correr sin cansarme. Me detuve cuando llegué a la avenida Mitre. De pronto, un escalo frío me heló la sangre, pero al instante me sentí mucho mejor que antes. Al pasar por la vidriera de un bar creí ver en mi reflejo un brillo especial. Tomé un remis en la esquina y en paz me alejé de aquel lugar. La decisión ya había sido tomada.
Pablo F. Schirliski.
9-02-2000.-
- Te amo, ojitos de mar...
El estomago se me hacía un nudo y mi corazón latía a gran velocidad. Su recuerdo era pesaroso, pues ya no estaba conmigo; pero no podía dejar de pensar en ella, la veía en todas partes: en el aroma de algunos perfumes, en la música, en el cielo y hasta en los televisores de las vidrieras... estaba su presencia flotando en la atmósfera, permanentemente la sentía cerca de mí, escuchaba su vos mezclada con el viento. De repente la vi, justo doblaba en la esquina, era su pelo y llevaba puesto su largo gamulán marrón. Corrí para abrazarla, pero cuando llegué ya no estaba. La calle estaba desierta, y las hojas en el piso bailaban con el viento, al son de una triste melodía que se dejaba oír a través de una ventana. Choqué contra el poste que indicaba que me encontraba en la esquina de la calle Carlos Tejedor y Villate, estaba desorientado, recordaba haber estado tomando un café en el Esportman, en el barrio de Belgrano. Ahora frente a mí y entre sombras se dejaba ver la estación de Munro, rodeada de pequeños espacios verdes, y custodiada por enormes eucaliptos que con su gigantesca silueta anticipaban la noche. Me sentí cansado y decidí sentarme en unos largos y fríos bancos circulares. El olor fuerte y descongestivo de los árboles trajo a mi mente el recuerdo de las plazas de San Bernardo y ahí otra vez aparecía ella. Estaba más linda que nunca, llevaba puesto un vestido largo que resaltaba su delicada figura, me miró a los ojos y me dijo entre lágrimas, que no podía darse el lujo de amarme, me besó en la frente, montó un imponente caballo blanco y se perdió detrás de los médanos.
El viento en la cara, y el áspero sonido del tren me trajeron de nuevo a la realidad. La gente inundaba los andenes con paso apurado, había en ellos una indiferencia tal que me hacía sentir aún más indefenso.
La noche no se hizo esperar y entre el murmullo de los que se perdían sentí un lastimoso quejido, sin pensarlo me levanté y empecé a buscar de donde venía. Lo encontré al pie del único sauce del lugar, estaba sentado con su cabeza entre las rodillas, vestía una blanca y holgada camisa a modo de túnica y emanaba de su cuerpo un incandescente fulgor amarillo que parecía ser su aura. Lloraba sin consuelo. Me acerque, puse la mano sobre su pelo y le dije:
- Por qué llorás?
Él levantó la cabeza y me miró a los ojos. Me llené de espanto al verlo, era igual a mí, era mi rostro pero con una palidez desconocida.
- de impotencia -me dijo- porque estás triste y no puedo ayudarte
- Cómo te llamás? , Quién sos?. Le pregunté
- Hace ya varios años me bautizaste Villa lobos Ramírez, mi antiguo nombre no lo recuerdo. Soy tu única y perpetua compañía, soy tu ángel de la guarda.
- Y que te pasa?
- no solo ella te abandonó, vos también lo hiciste. Estás hecho un despojo y a mi se me hace muy duro cargar con tu tristeza. Pero tenés dos opciones...
- Cuáles? –le pregunté ansioso-
- O te hundís en la congoja y aceptas tu triste y desafortunado destino, o peleas por ella, así tengas que ir al mismo infierno. Contarás conmigo sólo si sabés elegir...
- Que cosa?
- a su debido momento lo sabrás - y perdiéndose en la oscuridad, continuó diciendo: - de todos modos abajo te estarán esperando...
Un coche con vidrios oscuros se detuvo ante la barrera baja, en el estéreo sonaba una melancólica canción, era la misma que había escuchado a través de aquella ventana. Como una película, volví a ver su imagen con su gamulán y su pelo suelto volcado sobre los hombros. Lloraba y repetía mi nombre. El miedo me paralizó por un instante, en cuanto reaccioné empecé a correr. Más o menos a las tres cuadras sentí que el tranco se me hacía más liviano, y que podía correr sin cansarme. Me detuve cuando llegué a la avenida Mitre. De pronto, un escalo frío me heló la sangre, pero al instante me sentí mucho mejor que antes. Al pasar por la vidriera de un bar creí ver en mi reflejo un brillo especial. Tomé un remis en la esquina y en paz me alejé de aquel lugar. La decisión ya había sido tomada.
Pablo F. Schirliski.
9-02-2000.-
Eclipse
Hoy es luna llena, hoy es mi luna,
el mejor regalo que recibí en la vida.
Tan redonda, tan blanca,
tan tucumana, Y tan mía.
Pero esta noche es diferente,
hoy no quiere verme.
Interpuso un telón rojo,
entre su brillo y mis ojos.
Por favor no te escondas,
quédate con migo, no me dejes solo,
que sin mi flor yo no vivo,
y sin tu luz soy un despojo.
Lunita tucumana no estés triste,
que de vos no podrán separarme,
que serás mía para siempre,
y en mi corazón he de llevarte.
P.F.Schirliski (21/01/2000)
el mejor regalo que recibí en la vida.
Tan redonda, tan blanca,
tan tucumana, Y tan mía.
Pero esta noche es diferente,
hoy no quiere verme.
Interpuso un telón rojo,
entre su brillo y mis ojos.
Por favor no te escondas,
quédate con migo, no me dejes solo,
que sin mi flor yo no vivo,
y sin tu luz soy un despojo.
Lunita tucumana no estés triste,
que de vos no podrán separarme,
que serás mía para siempre,
y en mi corazón he de llevarte.
P.F.Schirliski (21/01/2000)
Friday, October 06, 2006
Balada para un Loco (Horacio Ferrer)
Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese que se yo, viste?
Salis de tu casa, por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en vos... Cuando de repente, de atras de un arbol, me aparezco yo.
Mezcla rara de penultimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus: medio melon en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies y una banderita de taxi libre levantada en cada mano.
Te reis !... Pero solo vos me ves : porque los maniquies me guiñan;
los semaforos me dan tres luces celestes
y las naranjas del frutero de la esquina me tiran azahares.
Veni ! que asi medio bailando y medio volando, me saco el melon para saludarte, te regalo una banderita, y te digo...
Ya se que estoy pintao, piantao, piantao...
No ves que va la una rodando por Callao;
que un coro de astronautas y niños, con un vals,
me baila alrededor...Baila!, Veni ! Vola!
Yo se que estoy piantao, piantao, piantao...
Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrion;
y a vos te vi tan triste... Veni ! Vola! Senti!...
Loco! Loco! Loco! Cuando anochezca en tu porteña soledad,
por la ribera de tu sabana vendre con un poema y un trombon
a desvelarte el corazon.
Loco! Loco! Loco! Como un acrobata demente
saltare sobre el abismo de tu escote
hasta sentir que enloqueci tu corazon de libertad...
ya vas a ver! Salgamos a volar, querida mia;
subite a mi ilusion supersport,
y vamos a correr por las cornisas
con una golondrina en el motor.
De Vieytes nos aplauden:
Viva! Viva! los locos que inventaron el Amor;
y un angel y un soldado y una niña
nos dan un valsecito bailador.
Nos sale a saludar la gente linda...
y loco-pero tuyo-que se yo!
provoco campanarios con la risa
y al fin te miro, te miro, y canto a media voz:
Quereme asi, piantao, piantao, piantao...
Abrite a los amores que vamos a intentar
la magica locura total de revivir...
Veni, vola, veni ! Trai-lai-lai-larara!
Viva! Viva! Viva! Loca ella y loco yo...
Locos! Locos! Locos! Loca ella y Loco yo!
HORACIO FERRER
Salis de tu casa, por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en vos... Cuando de repente, de atras de un arbol, me aparezco yo.
Mezcla rara de penultimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus: medio melon en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies y una banderita de taxi libre levantada en cada mano.
Te reis !... Pero solo vos me ves : porque los maniquies me guiñan;
los semaforos me dan tres luces celestes
y las naranjas del frutero de la esquina me tiran azahares.
Veni ! que asi medio bailando y medio volando, me saco el melon para saludarte, te regalo una banderita, y te digo...
Ya se que estoy pintao, piantao, piantao...
No ves que va la una rodando por Callao;
que un coro de astronautas y niños, con un vals,
me baila alrededor...Baila!, Veni ! Vola!
Yo se que estoy piantao, piantao, piantao...
Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrion;
y a vos te vi tan triste... Veni ! Vola! Senti!...
Loco! Loco! Loco! Cuando anochezca en tu porteña soledad,
por la ribera de tu sabana vendre con un poema y un trombon
a desvelarte el corazon.
Loco! Loco! Loco! Como un acrobata demente
saltare sobre el abismo de tu escote
hasta sentir que enloqueci tu corazon de libertad...
ya vas a ver! Salgamos a volar, querida mia;
subite a mi ilusion supersport,
y vamos a correr por las cornisas
con una golondrina en el motor.
De Vieytes nos aplauden:
Viva! Viva! los locos que inventaron el Amor;
y un angel y un soldado y una niña
nos dan un valsecito bailador.
Nos sale a saludar la gente linda...
y loco-pero tuyo-que se yo!
provoco campanarios con la risa
y al fin te miro, te miro, y canto a media voz:
Quereme asi, piantao, piantao, piantao...
Abrite a los amores que vamos a intentar
la magica locura total de revivir...
Veni, vola, veni ! Trai-lai-lai-larara!
Viva! Viva! Viva! Loca ella y loco yo...
Locos! Locos! Locos! Loca ella y Loco yo!
HORACIO FERRER
La Marca
Como todas las mañanas la sinfonía numero seis de Gustav Mahler ponía fin al sueño de Juan Manuel e irrumpía en su habitación casi con la misma impertinencia que el sol, Eugenio Bracamonti y su informativo radial de la mañana. Mientras Juan tanteaba desesperadamente su mesa de noche en busca del control remoto, pensaba: ¿por que este hombre comienza siempre su programa de radio con la misma sinfonía?, y no comprendía si era por ese perfil trágico con el que solía encarar las noticias, o por lo trágico del programa, en fin, ¿por que la sinfonía TRAGICA número seis de Mahler? Y peor aun, ¿por que siempre se despertaba con el mismo programa de radio?, pensó que tal vez ese rechazo tan grande que le provocaba despertarse así, era justamente lo que lo despabilaba.
Se levantó, y como pudo, tambaleante y a los tropiezos con los libros y apuntes que habían encontrado el final de la noche en la alfombra, llegó hasta el baño. Se lavó la cara con jabón, como siempre, y se secó con fuerza como intentando dejar pegado el sueño en la toalla. Dirigió la mirada a su muñeca en busca de la hora y lo sorprendió la blancura de su brazo, la falta de sol había borrado hasta la marca del reloj, trató de recordar donde habría quedado ese vendito reloj, y pensó en que debería buscarlo ya que si lo olvidaba la clase teórica de Histología a la que debería concurrir esa mañana, se haría aun mucho mas larga y tediosa si dejaba escapar al tiempo de la orbita de su estricto control.
Bajó al comedor, y no le llamó la atención que su madre no estuviera, ya que los martes solía ir temprano al club naval donde se encontraba con sus agrias compañeras de ocio.
Desayunó, ese intomable café negro que todos los días solía arrebatarle el ultimo resquicio de agotamiento de su alma, y fue en busca de su guardapolvo blanco. Al no verlo colgado en su placard se encaminó rumbo al lavadero, siempre lo dejaba allí cuando llegaba de la facultad, ya que cuando tenia clase de Anatomía el olor a formol y materia cadavérica se impregnaba indecorosamente en las fibras de su atuendo y eso le provocaba una rinitis alérgica tan fuerte, que se veía obligado a quitarse toda la ropa en el lavadero antes de entrar a la casa. Refunfuñó al verlo lavado pero arrugado, seguramente Teté no habría tenido tiempo para plancharlo debido a que los lunes, a su madre se le ocurría hacer limpieza general y vaciar todos los placares de la casa, claro que ella dirigía a la pobre teté desde su cómodo asiento de espectadora.
Buscó la tabla de planchar, que siempre estaba plegada y guardada al costado del seca ropa, y trató de abrirla sin agarrarse ningún dedo, y pensó en ese extraño mecanismo de la mente que hacía que cada vez que una persona realizaba un acto mecánico y cotidiano generalmente recordaba algo relacionado con el mismo acto, que había sucedido con anterioridad. Algunos recuerdan una canción escuchada al azar cada vez que toman un martillo, otros recuerdan el aroma de determinada loción cada vez que se afeitan. El, en cambio, había recordado que cada vez que abría la tabla de planchar se agarraba un dedo. Levantó la tabla con todo cuidado, desplegó las patas de caño y cuando bajó la tabla nuevamente ocurrió lo inevitable, su meñique de la mano izquierda había quedado atrapado entre el caño y la tabla. Un aullido de dolor y un insulto posterior rompió el silencio del piso de abajo de la casa. Y mientras planchaba su delantal siguió pensando en esos raros mecanismos de la mente, y pensaba en que a él esos recuerdos, a veces se le representaban como reveladoras películas, que lo abstraían de la realidad vaya uno a saber cuanto tiempo.
Al ver la hora en el reloj de la pared del lavadero reflexionó en que ya se le estaba haciendo tarde, en que luego de la clase teórica tendría práctico de Esplagno en la Cátedra de Anatomía y en que el día iba a ser largo.
Cuando estaba por doblar su guardapolvo reparó en que cada vez que se ponía una camisa recién planchada, además de la desagrable sensación de ponerse un trapo caliente sobre la piel, este trapo se arrugaba al instante con el solo hecho de atarse los cordones. Entonces decidió colgarlo en el respaldo de una de las sillas del comedor para que se enfríara, mientras tanto iría a su habitación en busca de sus carpetas, libros, lapiceras, pinzas, etc.
Una vez listo se encaminó hacia la puerta, y al tomar el picaporte otra vez la misma película. Pensó en su papá, mejor dicho se lo imaginó ya que no lo había conocido, siempre que tomaba el picaporte trataba de imaginar la escena: su papá en su impoluto uniforme azul de la marina, y en sus manos ese gran paquete envuelto en papel madera sujeto con hilo sisal, luego una explosión, y mas tarde la destrucción casi completa del frente de su casa. Era raro, recordaba algo que solo le habían contado. Salió a la calle y se encaminó a la Universidad.
Al cruzar la plaza reparó en la frialdad de ese edificio tan grande revestido en mármol que proyectaba una sombra monstruosa que casi llegaba a la Av, Córdoba, y en la mayor frialdad aun de las cinco inconmovibles estatuas que aguardaban su llegada sobre la entrada de la calle Paraguay.
Ingresó al salón de teóricos y buscó asiento, ni muy adelante para evitar una falsa apariencia obsecuente, ni muy atrás para no revelar ese espíritu de holgazán y atorrante que tan celosamente solía reprimir. Se sentó, miró la hora, y su muñeca le reveló lo ya inevitable, había olvidado su reloj, pensó: ahora como especular con el final de la clase. Buscó silenciosamente ayuda y al ver en su compañero, sentado a su derecha un hermoso y enorme reloj de pulsera, se tranquilizó.
El teórico pasó como de costumbre sin pena y sin gloria. Bajó los tres pisos al hall de entrada del edificio para volver a subirlos por el otro sector, para llegar a la cátedra de anatomía. Haciendo honor al mecanismo mental de las relaciones se cuestionó, como siempre, por qué los pisos de la facultad no estaban conectados entre sí, y por qué había que bajar por un lado para volver a subir por el otro, solo para llegar al mismo lugar pero del otro lado de la pared.
Entró al gran y luminoso salón de prácticos de anatomía, ya en el pasillo el penetrante olor a formol en el aire le empezó a hacer arder los ojos y a provocar esa maldita alergia, tanteó el bolsillo del saco para confirmar la existencia de sus gotas. Era temprano, así que sus compañeros todavía no habían llegado. El salón se encontraba casi vacío, solo algunos ayudantes iban y venían entre las mesas con algún apunte, algún brazo, algún frasco. Por suerte en su mesa, la numero siete, el preparado ya se encontraba allí como esperando a los estudiantes. Se detuvo un rato a contemplar su material de estudio, y observó que el cadáver habría sido una mujer de unos 60 años, no tenía piernas ya que las mismas seguramente estaban en algún rincón de los piletones o en la mesa de algún novato ayudante, sometidas a sus primeras prácticas de disección. El resto del cuerpo estaba casi completo, salvo por el gran hueco en su abdomen que se habría paso desde la pelvis hasta el diafragma. Las capas mas externas de la piel y el tejido graso se encontraban abiertas como una cortina y sostenidas con agujas hipodérmicas clavadas en el flanco derecho del cadáver, las capas musculares que conformaban los abdominales no estaban, el peritoneo había sido abierto y las asas intestinales estaban desplazadas hacia la izquierda, podía verse perfectamente la aorta descendente y las arterias renales.
Pensó en que seria bueno aprovechar el momento para repasar un poco, abrió el libro y lo apoyó sobre un banco alto Luego se colocó su guardapolvo, y los guantes de látex. Abrió la caja de acero y tomó la pinza, ojeó el tomo de testudt que había colocado en el banco y resolvió que para llegar a ciertas estructuras que le mostraba un grafico había que hacerlo con la mano. Colocó la pinza nuevamente en la caja, se remangó el delantal, tiró del borde del guante hacia arriba, e introdujo la mano detrás del estomago. Al mover las asas intestinales, una de las agujas hipodérmicas cedió cayendo la piel y el tejido graso subcutáneo, sobre el abdomen tomando la forma originaria y salpicando Formol a su alrededor. Por reflejo Juan Manuel cerró los ojos, y al cerrarlos pudo ver con claridad la pared gris y húmeda del pequeño calabozo, pudo escuchar como retumbaban los gritos en los altos techos del galpón , pudo ver a una mujer muy sucia, en muy mal estado general, con sus ropas que se resumían a una especie de camisón hecho jirones percudido y muy sucio. Aquella mujer estaba sentada en el suelo de la celda, en ese pequeño espacio de un metro por dos, solo la acompañaban un tacho de pintura con excrementos y orina, y una manta arrugada y descolorida. Estaba pariendo en ese lugar inhumano en medio de un charco de líquido amniótico sanguinolento, sus gritos despertaron la atención del guardia quien al abrir la puerta de la celda se encontró con ese dantesco espectáculo. Pudo ver como el guardia tomaba a la mujer en sus brazos y la llevaba a una pequeña y rudimentaria cocina. La recostó sobre la mesa y apenas logró atajar al niño que prácticamente colgaba del cordón. El hombre se quito la campera y envolvió al recién nacido, sacó una Sevillana de su bolsillo trasero y corto el cordón. Le entregó el niño a su madre y se retiró del recinto.
En cuanto se quedó sola la mujer corrió con el niño en brazos hasta la mesada donde había una pequeña hornalla encendida, y una caja de zapatos. Metió la mano en la caja y lo primero que halló fue un sacacorchos. Lo tomó por el extremo y calentó la manija en la hornalla, en cuanto el metal se puso al rojo, lo tomó con la manga del sweater para no quemarse las manos, y se lo apoyó en su vientre todavía hinchado, a través de un agujero en el camisón Un dolor espantoso transformó su rostro. La quemadura dejó una marca semejante a la de un pequeño estribo. Rápidamente realizó el mismo procedimiento en el brazo derecho de su pequeño hijo.
Los gritos y el llanto del bebé trajeron denuevo a Juan Manuel a la realidad, abrió sus ojos y horrorizado vio la marca en forma de estribo en el retazo de piel descolgada del cadáver, y vio una copia exacta en su propio brazo arremangado. Quitó la mano del abdomen de su madre y dio espantado un paso hacia atrás. Tardó solo unos segundos en reaccionar, empujó la puerta vaivén del aula y salió corriendo hacia las escaleras mientras se quitaba los guantes. Bajó un par de escalones y se precipitó por el hueco de la escalera. Su cabeza golpeo en el pasamanos de granito del segundo piso, y su cuerpo indemne se estrello con un sordo ruido, en el piso del subsuelo.
Juan Manuel murió al instante, no se sabe bien lo que pasó: si tropezó y cayó, o si no pudo soportar la cruda realidad. Poco importa hoy si fue una cosa u otra; la realidad era una sola y el destino se había encargado de dejarla fatalmente impresa en esa mesa de acero inoxidable, y en el solitario y sucio piso del subsuelo de la Facultad, esa fría tarde de Agosto de 1997.-
Pablo F. Schirliski 12/12/2005.-
Se levantó, y como pudo, tambaleante y a los tropiezos con los libros y apuntes que habían encontrado el final de la noche en la alfombra, llegó hasta el baño. Se lavó la cara con jabón, como siempre, y se secó con fuerza como intentando dejar pegado el sueño en la toalla. Dirigió la mirada a su muñeca en busca de la hora y lo sorprendió la blancura de su brazo, la falta de sol había borrado hasta la marca del reloj, trató de recordar donde habría quedado ese vendito reloj, y pensó en que debería buscarlo ya que si lo olvidaba la clase teórica de Histología a la que debería concurrir esa mañana, se haría aun mucho mas larga y tediosa si dejaba escapar al tiempo de la orbita de su estricto control.
Bajó al comedor, y no le llamó la atención que su madre no estuviera, ya que los martes solía ir temprano al club naval donde se encontraba con sus agrias compañeras de ocio.
Desayunó, ese intomable café negro que todos los días solía arrebatarle el ultimo resquicio de agotamiento de su alma, y fue en busca de su guardapolvo blanco. Al no verlo colgado en su placard se encaminó rumbo al lavadero, siempre lo dejaba allí cuando llegaba de la facultad, ya que cuando tenia clase de Anatomía el olor a formol y materia cadavérica se impregnaba indecorosamente en las fibras de su atuendo y eso le provocaba una rinitis alérgica tan fuerte, que se veía obligado a quitarse toda la ropa en el lavadero antes de entrar a la casa. Refunfuñó al verlo lavado pero arrugado, seguramente Teté no habría tenido tiempo para plancharlo debido a que los lunes, a su madre se le ocurría hacer limpieza general y vaciar todos los placares de la casa, claro que ella dirigía a la pobre teté desde su cómodo asiento de espectadora.
Buscó la tabla de planchar, que siempre estaba plegada y guardada al costado del seca ropa, y trató de abrirla sin agarrarse ningún dedo, y pensó en ese extraño mecanismo de la mente que hacía que cada vez que una persona realizaba un acto mecánico y cotidiano generalmente recordaba algo relacionado con el mismo acto, que había sucedido con anterioridad. Algunos recuerdan una canción escuchada al azar cada vez que toman un martillo, otros recuerdan el aroma de determinada loción cada vez que se afeitan. El, en cambio, había recordado que cada vez que abría la tabla de planchar se agarraba un dedo. Levantó la tabla con todo cuidado, desplegó las patas de caño y cuando bajó la tabla nuevamente ocurrió lo inevitable, su meñique de la mano izquierda había quedado atrapado entre el caño y la tabla. Un aullido de dolor y un insulto posterior rompió el silencio del piso de abajo de la casa. Y mientras planchaba su delantal siguió pensando en esos raros mecanismos de la mente, y pensaba en que a él esos recuerdos, a veces se le representaban como reveladoras películas, que lo abstraían de la realidad vaya uno a saber cuanto tiempo.
Al ver la hora en el reloj de la pared del lavadero reflexionó en que ya se le estaba haciendo tarde, en que luego de la clase teórica tendría práctico de Esplagno en la Cátedra de Anatomía y en que el día iba a ser largo.
Cuando estaba por doblar su guardapolvo reparó en que cada vez que se ponía una camisa recién planchada, además de la desagrable sensación de ponerse un trapo caliente sobre la piel, este trapo se arrugaba al instante con el solo hecho de atarse los cordones. Entonces decidió colgarlo en el respaldo de una de las sillas del comedor para que se enfríara, mientras tanto iría a su habitación en busca de sus carpetas, libros, lapiceras, pinzas, etc.
Una vez listo se encaminó hacia la puerta, y al tomar el picaporte otra vez la misma película. Pensó en su papá, mejor dicho se lo imaginó ya que no lo había conocido, siempre que tomaba el picaporte trataba de imaginar la escena: su papá en su impoluto uniforme azul de la marina, y en sus manos ese gran paquete envuelto en papel madera sujeto con hilo sisal, luego una explosión, y mas tarde la destrucción casi completa del frente de su casa. Era raro, recordaba algo que solo le habían contado. Salió a la calle y se encaminó a la Universidad.
Al cruzar la plaza reparó en la frialdad de ese edificio tan grande revestido en mármol que proyectaba una sombra monstruosa que casi llegaba a la Av, Córdoba, y en la mayor frialdad aun de las cinco inconmovibles estatuas que aguardaban su llegada sobre la entrada de la calle Paraguay.
Ingresó al salón de teóricos y buscó asiento, ni muy adelante para evitar una falsa apariencia obsecuente, ni muy atrás para no revelar ese espíritu de holgazán y atorrante que tan celosamente solía reprimir. Se sentó, miró la hora, y su muñeca le reveló lo ya inevitable, había olvidado su reloj, pensó: ahora como especular con el final de la clase. Buscó silenciosamente ayuda y al ver en su compañero, sentado a su derecha un hermoso y enorme reloj de pulsera, se tranquilizó.
El teórico pasó como de costumbre sin pena y sin gloria. Bajó los tres pisos al hall de entrada del edificio para volver a subirlos por el otro sector, para llegar a la cátedra de anatomía. Haciendo honor al mecanismo mental de las relaciones se cuestionó, como siempre, por qué los pisos de la facultad no estaban conectados entre sí, y por qué había que bajar por un lado para volver a subir por el otro, solo para llegar al mismo lugar pero del otro lado de la pared.
Entró al gran y luminoso salón de prácticos de anatomía, ya en el pasillo el penetrante olor a formol en el aire le empezó a hacer arder los ojos y a provocar esa maldita alergia, tanteó el bolsillo del saco para confirmar la existencia de sus gotas. Era temprano, así que sus compañeros todavía no habían llegado. El salón se encontraba casi vacío, solo algunos ayudantes iban y venían entre las mesas con algún apunte, algún brazo, algún frasco. Por suerte en su mesa, la numero siete, el preparado ya se encontraba allí como esperando a los estudiantes. Se detuvo un rato a contemplar su material de estudio, y observó que el cadáver habría sido una mujer de unos 60 años, no tenía piernas ya que las mismas seguramente estaban en algún rincón de los piletones o en la mesa de algún novato ayudante, sometidas a sus primeras prácticas de disección. El resto del cuerpo estaba casi completo, salvo por el gran hueco en su abdomen que se habría paso desde la pelvis hasta el diafragma. Las capas mas externas de la piel y el tejido graso se encontraban abiertas como una cortina y sostenidas con agujas hipodérmicas clavadas en el flanco derecho del cadáver, las capas musculares que conformaban los abdominales no estaban, el peritoneo había sido abierto y las asas intestinales estaban desplazadas hacia la izquierda, podía verse perfectamente la aorta descendente y las arterias renales.
Pensó en que seria bueno aprovechar el momento para repasar un poco, abrió el libro y lo apoyó sobre un banco alto Luego se colocó su guardapolvo, y los guantes de látex. Abrió la caja de acero y tomó la pinza, ojeó el tomo de testudt que había colocado en el banco y resolvió que para llegar a ciertas estructuras que le mostraba un grafico había que hacerlo con la mano. Colocó la pinza nuevamente en la caja, se remangó el delantal, tiró del borde del guante hacia arriba, e introdujo la mano detrás del estomago. Al mover las asas intestinales, una de las agujas hipodérmicas cedió cayendo la piel y el tejido graso subcutáneo, sobre el abdomen tomando la forma originaria y salpicando Formol a su alrededor. Por reflejo Juan Manuel cerró los ojos, y al cerrarlos pudo ver con claridad la pared gris y húmeda del pequeño calabozo, pudo escuchar como retumbaban los gritos en los altos techos del galpón , pudo ver a una mujer muy sucia, en muy mal estado general, con sus ropas que se resumían a una especie de camisón hecho jirones percudido y muy sucio. Aquella mujer estaba sentada en el suelo de la celda, en ese pequeño espacio de un metro por dos, solo la acompañaban un tacho de pintura con excrementos y orina, y una manta arrugada y descolorida. Estaba pariendo en ese lugar inhumano en medio de un charco de líquido amniótico sanguinolento, sus gritos despertaron la atención del guardia quien al abrir la puerta de la celda se encontró con ese dantesco espectáculo. Pudo ver como el guardia tomaba a la mujer en sus brazos y la llevaba a una pequeña y rudimentaria cocina. La recostó sobre la mesa y apenas logró atajar al niño que prácticamente colgaba del cordón. El hombre se quito la campera y envolvió al recién nacido, sacó una Sevillana de su bolsillo trasero y corto el cordón. Le entregó el niño a su madre y se retiró del recinto.
En cuanto se quedó sola la mujer corrió con el niño en brazos hasta la mesada donde había una pequeña hornalla encendida, y una caja de zapatos. Metió la mano en la caja y lo primero que halló fue un sacacorchos. Lo tomó por el extremo y calentó la manija en la hornalla, en cuanto el metal se puso al rojo, lo tomó con la manga del sweater para no quemarse las manos, y se lo apoyó en su vientre todavía hinchado, a través de un agujero en el camisón Un dolor espantoso transformó su rostro. La quemadura dejó una marca semejante a la de un pequeño estribo. Rápidamente realizó el mismo procedimiento en el brazo derecho de su pequeño hijo.
Los gritos y el llanto del bebé trajeron denuevo a Juan Manuel a la realidad, abrió sus ojos y horrorizado vio la marca en forma de estribo en el retazo de piel descolgada del cadáver, y vio una copia exacta en su propio brazo arremangado. Quitó la mano del abdomen de su madre y dio espantado un paso hacia atrás. Tardó solo unos segundos en reaccionar, empujó la puerta vaivén del aula y salió corriendo hacia las escaleras mientras se quitaba los guantes. Bajó un par de escalones y se precipitó por el hueco de la escalera. Su cabeza golpeo en el pasamanos de granito del segundo piso, y su cuerpo indemne se estrello con un sordo ruido, en el piso del subsuelo.
Juan Manuel murió al instante, no se sabe bien lo que pasó: si tropezó y cayó, o si no pudo soportar la cruda realidad. Poco importa hoy si fue una cosa u otra; la realidad era una sola y el destino se había encargado de dejarla fatalmente impresa en esa mesa de acero inoxidable, y en el solitario y sucio piso del subsuelo de la Facultad, esa fría tarde de Agosto de 1997.-
Pablo F. Schirliski 12/12/2005.-
Wednesday, October 04, 2006
Ramón y María
Ramón y María se conocieron y desde ese día supieron que iban a amarse para siempre. Ramón veía en María a la mujer más hermosa del mundo, y María encontraba en Ramón al hombre más sincero y cariñoso de la tierra.
Siempre que se acercaba la hora del encuentro, un torrente de ilusiones corría por sus venas y el corazón parecía salírseles del pecho. Juntos eran invencibles, nada los asustaba; ni el tiempo, ni la muerte; y cuando la luna los sorprendía en la quietud de la noche podía vérselos en algún banco de la plaza del barrio, estrechados en un beso eterno y formando una silueta única. El resto del mundo no existía, ¿para que? Si se tenían el uno al otro.
Un día, de paseo por la costanera, se encontraron de repente abrazados, junto al río, jurándose amor eterno.
Hoy, después de veinte años, ya no están juntos. No se sabe bien que pasó; pero el destino les jugó en contra. Pareciera como que una tormenta de hastío y dolor hubiese caído sobre sus cabezas.
El barrio, y la plaza que los vio juntos, siguen ahí, en algún rincón de la fílcar; pero un chisme, de esos que vuelan como el colibrí, de lengua en lengua; llegó hasta mí y me enteré que: Ramón vive sólo en una pequeña casa junto al mar, rodeado de animales. Nunca volvió a enamorarse, ni pudo olvidar jamás a María. María en cambio se casó, tuvo hijos y se radicó, con su familia, en Tucumán. Ya casi ni lo recuerda, pero íntimamente sabe que un pequeño rincón de su corazón está ocupado, ocupado por un amor perdido en el tiempo. Y en las noches claras y serenas, cierra los ojos y puede distinguir, entre sombras, una silueta; la cual no puede enfocar bien. Pero, como una ola, la invade, por un rato, una inmensa felicidad.
PABLO FERNANDO SCHIRLISKI
Siempre que se acercaba la hora del encuentro, un torrente de ilusiones corría por sus venas y el corazón parecía salírseles del pecho. Juntos eran invencibles, nada los asustaba; ni el tiempo, ni la muerte; y cuando la luna los sorprendía en la quietud de la noche podía vérselos en algún banco de la plaza del barrio, estrechados en un beso eterno y formando una silueta única. El resto del mundo no existía, ¿para que? Si se tenían el uno al otro.
Un día, de paseo por la costanera, se encontraron de repente abrazados, junto al río, jurándose amor eterno.
Hoy, después de veinte años, ya no están juntos. No se sabe bien que pasó; pero el destino les jugó en contra. Pareciera como que una tormenta de hastío y dolor hubiese caído sobre sus cabezas.
El barrio, y la plaza que los vio juntos, siguen ahí, en algún rincón de la fílcar; pero un chisme, de esos que vuelan como el colibrí, de lengua en lengua; llegó hasta mí y me enteré que: Ramón vive sólo en una pequeña casa junto al mar, rodeado de animales. Nunca volvió a enamorarse, ni pudo olvidar jamás a María. María en cambio se casó, tuvo hijos y se radicó, con su familia, en Tucumán. Ya casi ni lo recuerda, pero íntimamente sabe que un pequeño rincón de su corazón está ocupado, ocupado por un amor perdido en el tiempo. Y en las noches claras y serenas, cierra los ojos y puede distinguir, entre sombras, una silueta; la cual no puede enfocar bien. Pero, como una ola, la invade, por un rato, una inmensa felicidad.
PABLO FERNANDO SCHIRLISKI
Sueños
Sueños
Esa noche camine juntando piedras por la playa, esperaba encontrar en ellas un dejo de algún alma. Por suerte en invierno nos queda algo de intimidad. La luna llena, las estrellas, el mar inmenso, todo era mío. Mi sombra en la arena fría de la orilla, las luces de la Avenida Costanera, las carpas cuasi desarmadas, los dibujos en las paredes de los balnearios, todo eso hacia que me encantara ir a la playa. Pero más importante era para mí la soledad. Esa soledad de reencuentro con mi vida, con mi realidad inconmensurablemente nativa, increíblemente argentina, alocadamente sensible. El piso de la Capital no me interesaba tanto como la arena. El pavimento de las calles de Buenos Aires ya era mío, en cambio la playa, el mar, seguían siendo de ellos mismos, lo que no me impedía sentir pertenencia. Nadie podría dominarlos. Nunca tuve ganas de dominar ese espacio privilegiado, era su magia y lo intocable que podía llegar a ser lo que me atrapaba de él.
Mire un poco, cada vez mas extasiado. Sentí un poco de nostalgia, por los días de aquellos años, que se movían en mi recuerdo como un maremoto de fotos. Imágenes de mi tiempo costero… mi único tiempo quizás para estar sensible. Continué la marcha, cada vez un poco más rápido, cada vez más loco por llegar a la playita de Entre Ríos. Me saque la ropa en un acto de arrebato, y la acomode al lado de lo que quedaba del mangrullo. Corrí de nuevo a la zona lindante entre mi familia y la soledad de los medanos. Me metí al mar helado, sin importarme de nada. Nadé siempre en esa dirección que aleja del cemento, que acerca a la tranquilidad. No me detuve ni un segundo, pasaron los minutos, pasaron las horas, y seguía nadando. Me sentí fuerte, más fuerte que nunca, más Yo que nunca. Definitivamente ese era mi mar. No había otro en el que pudiera ser tan Todo y Nada. No existía otro lugar para mi tan mágico como ese. El agua de mi playa, esa misma jaula de almas que me visitaba en Barcelona y daba por un segundo a mi exilio en un temblor, la energía que me merecía la distancia, para poder afrontarla. Dejé de remar para pensar bien profundo, pensar bien fuerte. Estaba obnubilado, sentía la energía de la presencia. Arrastre un brazo por debajo del agua y noté que no me demandaba esfuerzo el hecho de flotar…estaba liviano, como el aire, como una pluma, como el cielo, que nunca se cae. Pensé mucho en todo y en todos, me desmoroné en un llanto que refería a mi emoción, a mi tristeza, a mi felicidad. Esa felicidad que tenía por estar ahí, compartiendo todo ese tiempo con una parte de mí, esa parte sumergida, esa parte de mi alma. Deje a un lado dos lagrimas y las vi volar, después entregue dos sonrisas y también se fueron con el viento. Me sumergí por un largo tiempo, en el que no necesitaba respirar. Abrí los ojos y me enfrente a ver. Me llené de energía y estaba listo para volver.
Emprendí el regreso, guiado por mi instinto, ya sin luz, sin ver la costa, nade en dirección correcta, como si un ángel o más me tomaran de los brazos y me llevaran derecho a casa. Salí del mar y me vestí mojado. Caminé por la playa unos metros y salí por mi salida. Entre a "Houses", otro de mis lugares. Subí las escaleras de ese departamento que siempre va a ser mío, y me encontré con mis amigos. Todos me preguntaron que me había pasado y les conté la verdad…
Les dije que caminaba por la playa y que una ola de sentimientos me invadió por un instante y que ese instante se hizo largo. Y que esa ola, me mojo para siempre.
Ricardo C. Wallach (Augusto Bautista Candulo?)
Dedicado a Pablo Cardillo
Esa noche camine juntando piedras por la playa, esperaba encontrar en ellas un dejo de algún alma. Por suerte en invierno nos queda algo de intimidad. La luna llena, las estrellas, el mar inmenso, todo era mío. Mi sombra en la arena fría de la orilla, las luces de la Avenida Costanera, las carpas cuasi desarmadas, los dibujos en las paredes de los balnearios, todo eso hacia que me encantara ir a la playa. Pero más importante era para mí la soledad. Esa soledad de reencuentro con mi vida, con mi realidad inconmensurablemente nativa, increíblemente argentina, alocadamente sensible. El piso de la Capital no me interesaba tanto como la arena. El pavimento de las calles de Buenos Aires ya era mío, en cambio la playa, el mar, seguían siendo de ellos mismos, lo que no me impedía sentir pertenencia. Nadie podría dominarlos. Nunca tuve ganas de dominar ese espacio privilegiado, era su magia y lo intocable que podía llegar a ser lo que me atrapaba de él.
Mire un poco, cada vez mas extasiado. Sentí un poco de nostalgia, por los días de aquellos años, que se movían en mi recuerdo como un maremoto de fotos. Imágenes de mi tiempo costero… mi único tiempo quizás para estar sensible. Continué la marcha, cada vez un poco más rápido, cada vez más loco por llegar a la playita de Entre Ríos. Me saque la ropa en un acto de arrebato, y la acomode al lado de lo que quedaba del mangrullo. Corrí de nuevo a la zona lindante entre mi familia y la soledad de los medanos. Me metí al mar helado, sin importarme de nada. Nadé siempre en esa dirección que aleja del cemento, que acerca a la tranquilidad. No me detuve ni un segundo, pasaron los minutos, pasaron las horas, y seguía nadando. Me sentí fuerte, más fuerte que nunca, más Yo que nunca. Definitivamente ese era mi mar. No había otro en el que pudiera ser tan Todo y Nada. No existía otro lugar para mi tan mágico como ese. El agua de mi playa, esa misma jaula de almas que me visitaba en Barcelona y daba por un segundo a mi exilio en un temblor, la energía que me merecía la distancia, para poder afrontarla. Dejé de remar para pensar bien profundo, pensar bien fuerte. Estaba obnubilado, sentía la energía de la presencia. Arrastre un brazo por debajo del agua y noté que no me demandaba esfuerzo el hecho de flotar…estaba liviano, como el aire, como una pluma, como el cielo, que nunca se cae. Pensé mucho en todo y en todos, me desmoroné en un llanto que refería a mi emoción, a mi tristeza, a mi felicidad. Esa felicidad que tenía por estar ahí, compartiendo todo ese tiempo con una parte de mí, esa parte sumergida, esa parte de mi alma. Deje a un lado dos lagrimas y las vi volar, después entregue dos sonrisas y también se fueron con el viento. Me sumergí por un largo tiempo, en el que no necesitaba respirar. Abrí los ojos y me enfrente a ver. Me llené de energía y estaba listo para volver.
Emprendí el regreso, guiado por mi instinto, ya sin luz, sin ver la costa, nade en dirección correcta, como si un ángel o más me tomaran de los brazos y me llevaran derecho a casa. Salí del mar y me vestí mojado. Caminé por la playa unos metros y salí por mi salida. Entre a "Houses", otro de mis lugares. Subí las escaleras de ese departamento que siempre va a ser mío, y me encontré con mis amigos. Todos me preguntaron que me había pasado y les conté la verdad…
Les dije que caminaba por la playa y que una ola de sentimientos me invadió por un instante y que ese instante se hizo largo. Y que esa ola, me mojo para siempre.
Ricardo C. Wallach (Augusto Bautista Candulo?)
Dedicado a Pablo Cardillo
La sonrisa de Bayonne
En sus calles estrechas, de casitas casi iguales
En sus tejados salpicados de antenas y de palomas
No supo el sol posarse, durante esos cinco días.
Se dice que sin sol no podemos vivir
Pero mucho más difícil es hacerlo sin sonrisas
Sin ellas son oscuras todas las esquinas y calles del
alma.
Y no faltaron las sonrisas, que fueron muchas.
Y no faltaron los besos ni las sábanas calientes,
que no fueron pocos.
Pero que nunca son suficientes.
PABLO CARDILLO (Octubre 2005.)
En sus tejados salpicados de antenas y de palomas
No supo el sol posarse, durante esos cinco días.
Se dice que sin sol no podemos vivir
Pero mucho más difícil es hacerlo sin sonrisas
Sin ellas son oscuras todas las esquinas y calles del
alma.
Y no faltaron las sonrisas, que fueron muchas.
Y no faltaron los besos ni las sábanas calientes,
que no fueron pocos.
Pero que nunca son suficientes.
PABLO CARDILLO (Octubre 2005.)
La puerta
Los golpes venían de la puerta de calle. Alfredo se dirigió resuelto hacia ella y preguntó con vos firme:
- ¿Quién es? Pero nadie respondió.
Abrió y del otro lado, el zaguán de la vieja casa de Villa del Parque permanecía vacío. Le sorprendió el hecho de que no hubiese nadie ya que los golpes habían sido muy claros.
Volvió al escritorio a continuar con su lectura, pero apenas posó su vista en el libro tratando de encontrar el párrafo donde había interrumpido su lectura, los golpes resonaron nuevamente en la quietud de la noche... Corrió otra vez. En puntillas de pié llegó hasta la puerta, bajó el picaporte muy despacio, y abrió sorpresivamente de un tirón, pero lamentablemente nadie había en el zaguán.
Salió a la calle y corrió hacia la esquina mas cercana, miró hacia ambos lados pero la calle se mostraba desolada en la inhóspita noche.
Pensativo volvió a la casa, al llegar se encontró con que la puerta se había cerrado por acción del viento. Mientras tanteaba sus bolsillos, en busca de las llaves, volvieron a sonar los golpes pero esta vez él estaba del lado de afuera. Otra vez preguntó quien era, con una ya resuelta admisión de su propia locura, puesto que se encontraba sólo en casa y lógicamente nadie estaría allí para responderle desde adentro.
Tomó las llaves, abrió y entró. Se dirigió otra vez al escritorio en busca de su libro, de vuelta cargó con una banqueta que había en el patio y se sentó en el corredor a leer justo detrás de la puerta con el único objeto de no dar tiempo a la in tempestuosa huida de sus indecisos visitantes.
Los golpes retumbaron en el corredor con más fuerza que nunca. Abrió velozmente, y pudo ver como la calle mostraba ante sus ojos absolutamente nada. De pronto tuvo la loca idea de que el que golpeaba estaba dentro de la puerta, como si el agujero cerradura se lo hubiera tragado.
Resuelto a dilucidar aquel misterio, fue rápidamente hacia el garaje. Tomó una barreta, un destornillador y una masa. Nuevos golpes apresuraron su búsqueda. Segado por la rabia y la intriga fue directo hacia la puerta. Con el destornillador sacó la cerradura, metió la barreta en el hueco y tiró con todas sus fuerzas. La vieja puerta cedió y los pedazos de madera volaron por el aire. Desencajado se trepó a los pedazos que colgaban de las bisagras, los arrancó y los revoleó por el pasillo lo mas lejos posible.
Esa noche, ya sin golpes extraños y ante la sorna de los ocurrentes y veloces vecinos que mataban el tiempo jugando al ring raje, Alfredo, ahora con una cortina de tiritas plásticas de colores a modo de puerta; se comió un rico asado cocido con madera de cedro por cierto muy bien estacionada.
Pablo F.Schirliski ( Mar de Ajó 28/01/06)
- ¿Quién es? Pero nadie respondió.
Abrió y del otro lado, el zaguán de la vieja casa de Villa del Parque permanecía vacío. Le sorprendió el hecho de que no hubiese nadie ya que los golpes habían sido muy claros.
Volvió al escritorio a continuar con su lectura, pero apenas posó su vista en el libro tratando de encontrar el párrafo donde había interrumpido su lectura, los golpes resonaron nuevamente en la quietud de la noche... Corrió otra vez. En puntillas de pié llegó hasta la puerta, bajó el picaporte muy despacio, y abrió sorpresivamente de un tirón, pero lamentablemente nadie había en el zaguán.
Salió a la calle y corrió hacia la esquina mas cercana, miró hacia ambos lados pero la calle se mostraba desolada en la inhóspita noche.
Pensativo volvió a la casa, al llegar se encontró con que la puerta se había cerrado por acción del viento. Mientras tanteaba sus bolsillos, en busca de las llaves, volvieron a sonar los golpes pero esta vez él estaba del lado de afuera. Otra vez preguntó quien era, con una ya resuelta admisión de su propia locura, puesto que se encontraba sólo en casa y lógicamente nadie estaría allí para responderle desde adentro.
Tomó las llaves, abrió y entró. Se dirigió otra vez al escritorio en busca de su libro, de vuelta cargó con una banqueta que había en el patio y se sentó en el corredor a leer justo detrás de la puerta con el único objeto de no dar tiempo a la in tempestuosa huida de sus indecisos visitantes.
Los golpes retumbaron en el corredor con más fuerza que nunca. Abrió velozmente, y pudo ver como la calle mostraba ante sus ojos absolutamente nada. De pronto tuvo la loca idea de que el que golpeaba estaba dentro de la puerta, como si el agujero cerradura se lo hubiera tragado.
Resuelto a dilucidar aquel misterio, fue rápidamente hacia el garaje. Tomó una barreta, un destornillador y una masa. Nuevos golpes apresuraron su búsqueda. Segado por la rabia y la intriga fue directo hacia la puerta. Con el destornillador sacó la cerradura, metió la barreta en el hueco y tiró con todas sus fuerzas. La vieja puerta cedió y los pedazos de madera volaron por el aire. Desencajado se trepó a los pedazos que colgaban de las bisagras, los arrancó y los revoleó por el pasillo lo mas lejos posible.
Esa noche, ya sin golpes extraños y ante la sorna de los ocurrentes y veloces vecinos que mataban el tiempo jugando al ring raje, Alfredo, ahora con una cortina de tiritas plásticas de colores a modo de puerta; se comió un rico asado cocido con madera de cedro por cierto muy bien estacionada.
Pablo F.Schirliski ( Mar de Ajó 28/01/06)
En la playa
Y cuando pises la playa
estaré a tu alrededor
En el mar estarán mis ojos
Siempre mirando a mi flor.
Y el viento acariciará tu figura,
Como si lo hiciera yo.
Y en soledad cerrarás tus ojos,
y me buscarás en tu mente,
y en el aroma de la madrugada
sentirás mi piel junto a la tuya.
Y aunque tan pequeña
ante tanta Inmensidad,
la paz te invadirá el alma,
por que sabrás que
mientras yo viva
nunca vas a estar sola.
estaré a tu alrededor
En el mar estarán mis ojos
Siempre mirando a mi flor.
Y el viento acariciará tu figura,
Como si lo hiciera yo.
Y en soledad cerrarás tus ojos,
y me buscarás en tu mente,
y en el aroma de la madrugada
sentirás mi piel junto a la tuya.
Y aunque tan pequeña
ante tanta Inmensidad,
la paz te invadirá el alma,
por que sabrás que
mientras yo viva
nunca vas a estar sola.
Agradecimientos...
Agradezco a todos aquellos que han colaborado,
Con esta incomprensible pero amistosa personalidad
Con este ser que soy hoy, con mis frivolidades
Y mis emociones, con mis inquietudes y
Mis desganos, con esas locas ganas de volar….
Agradezco al sol que me vió nacer esa tarde
De verano y que me regalo tantos días de calor
A mi madre que hizo el esfuerzo no solo para
Traerme aquí, si no tambien para enseñarme
mis primeros valores y luchar todos los dias por ellos
Agradezco a aquel paraje frente a la playa que
Hizo de mis veranos eternos recreos, que
Me hizo conocer el mar y sus secretos, y a este
Por traer el amor a sus orillas, y por llevarme
En la cresta de las olas tocar el cielo,
Agradezco al amor de mi vida, por haberme dado
La oportunidad de conocerla, de ser para ella lo que fui
Por ser hoy todavía la musa inspiradora de tantos
Cuentos y poemas, por haberme hecho conocer
El cielo y el infierno, el amor y la tristeza.
Y por Ultimo agradezco a todos aquellos con los
Que me he encontrado en el camino, que ayudaron
A hacerme y deshacerme en cada encuentro. A los
Que fueron mis amigos, mis hermanos del corazón.
Solo te pido Díos que me des fuerza para brindarle
A cada uno de ellos lo mejor de mi, para poder seguir
Sacandoles todos los días aunque sea una sonrisa.
Y a todos esas personas que no me han querido o
Me han hecho mal, les pido que se den la oportunidad
De conocerme, que les abriré las puertas se mi alma.
Con esta incomprensible pero amistosa personalidad
Con este ser que soy hoy, con mis frivolidades
Y mis emociones, con mis inquietudes y
Mis desganos, con esas locas ganas de volar….
Agradezco al sol que me vió nacer esa tarde
De verano y que me regalo tantos días de calor
A mi madre que hizo el esfuerzo no solo para
Traerme aquí, si no tambien para enseñarme
mis primeros valores y luchar todos los dias por ellos
Agradezco a aquel paraje frente a la playa que
Hizo de mis veranos eternos recreos, que
Me hizo conocer el mar y sus secretos, y a este
Por traer el amor a sus orillas, y por llevarme
En la cresta de las olas tocar el cielo,
Agradezco al amor de mi vida, por haberme dado
La oportunidad de conocerla, de ser para ella lo que fui
Por ser hoy todavía la musa inspiradora de tantos
Cuentos y poemas, por haberme hecho conocer
El cielo y el infierno, el amor y la tristeza.
Y por Ultimo agradezco a todos aquellos con los
Que me he encontrado en el camino, que ayudaron
A hacerme y deshacerme en cada encuentro. A los
Que fueron mis amigos, mis hermanos del corazón.
Solo te pido Díos que me des fuerza para brindarle
A cada uno de ellos lo mejor de mi, para poder seguir
Sacandoles todos los días aunque sea una sonrisa.
Y a todos esas personas que no me han querido o
Me han hecho mal, les pido que se den la oportunidad
De conocerme, que les abriré las puertas se mi alma.
Monday, October 02, 2006
Amor y Felicidad (Reflexión)
SOLAMENTE EL FUEGO CREADOR DEL AMOR ES CAPAZ DE BRINDAR ESA ELEVACION DE PLENITUD, UNIDAD Y COMPAÑÍA, QUE BORRE DEFINITIVAMENTE TODA CICATRIZ DE DOLOR. TODO ATISBO DE SUFRIMIENO INUTIL.
ENRIQUE MARISCAL
A veces cuando estoy triste y los infortunios amorosos se empeñan en meterse por mi ventana. No puedo dejar de cuestionarme esa rara relación entre amor y felicidad; y digo: ¿Quién es el imbécil que puede decir; que ese dolor en el estomago cuando no está, o esas noches de insomnio, o que los celos, o la incertidumbre permanente, sin dejar de lado la añoranza y la perpetua espera; se parecen en algo a la felicidad?
Es ahí entonces cuando decido poner toda mi energía en mis obligaciones, en el enriquecimiento cultural y en la diversión. Pero después de largas jornadas, llenas de papeles y corridas, por la noche, ya en mi cama, donde todas nuestras cavilaciones adquieren proporciones descomunales. Descubro que prefiero el dolor en el estomago a la soledad; la incertidumbre al desasosiego.
Prefiero abrazar el sueño de que esa persona aparezca en el momento justo, y que con un beso o una caricia borre todos esos sentimientos fatales que la soledad muy gentilmente me ha regalado; al triste y frío invierno de mis sábanas
Es por eso que siempre caigo en el error, o en el acierto, de volver a querer o volver a enamorarme. Elijo caer rendido ante unos hermosos ojos pardos, a quedarme solo atesorando aquellas cicatrices que entristecen mi corazón, macerando así tanto sufrimiento inútil.
Aquellos que nos han causado tanto mal no merecen otro castigo que esa elevación de plenitud personal que solo puede darnos el nuevo amor.
Pablo F. Schirliski.
ENRIQUE MARISCAL
A veces cuando estoy triste y los infortunios amorosos se empeñan en meterse por mi ventana. No puedo dejar de cuestionarme esa rara relación entre amor y felicidad; y digo: ¿Quién es el imbécil que puede decir; que ese dolor en el estomago cuando no está, o esas noches de insomnio, o que los celos, o la incertidumbre permanente, sin dejar de lado la añoranza y la perpetua espera; se parecen en algo a la felicidad?
Es ahí entonces cuando decido poner toda mi energía en mis obligaciones, en el enriquecimiento cultural y en la diversión. Pero después de largas jornadas, llenas de papeles y corridas, por la noche, ya en mi cama, donde todas nuestras cavilaciones adquieren proporciones descomunales. Descubro que prefiero el dolor en el estomago a la soledad; la incertidumbre al desasosiego.
Prefiero abrazar el sueño de que esa persona aparezca en el momento justo, y que con un beso o una caricia borre todos esos sentimientos fatales que la soledad muy gentilmente me ha regalado; al triste y frío invierno de mis sábanas
Es por eso que siempre caigo en el error, o en el acierto, de volver a querer o volver a enamorarme. Elijo caer rendido ante unos hermosos ojos pardos, a quedarme solo atesorando aquellas cicatrices que entristecen mi corazón, macerando así tanto sufrimiento inútil.
Aquellos que nos han causado tanto mal no merecen otro castigo que esa elevación de plenitud personal que solo puede darnos el nuevo amor.
Pablo F. Schirliski.
Equilibrista
Mi mente camina sobre el filo de una navaja., entre la cordura y la locura, Entretejiendo ideas como jugadas en una partida de ajedrez. Tratando de prever como respuesta a mis acciones conductas y razonamientos. Actuando así en consecuencia, no antes sin imaginar la reacción consecuente.
Así esta mente mía llega a estrechas y enmarañadas encrucijadas, donde la desesperación suele llegar antes que la solución. Y ahí es cuando algunos suelen buscar refugio en instancias superiores, en la fe, en aquellos fantasmas que surcan nuestra historia.
Pero cuando la lógica disipa a la fe, cuando ni siquiera esa instancia superior nos alivia. Siento que mi equilibrio sucumbe, y caigo en brazos de una cierta locura abstracta que se diluye en elocuentes ocurrencias e infantiles formas de llamar la atención
Entonces intento colgarme del filo de la navaja , pero la piel de mis manos se desgarra, y caigo de nuevo, y mi vida se convierte en un permanente e infructuoso estado de búsqueda de aquel fino equilibrio, cayendo constantemente a uno y otro lado y dejando hasta mis entrañas en cada intento por volver a subir. Con el horroroso y mortificante temor de caer definitivamente en el lugar equivocado.
Pablo F. Schirliski
Así esta mente mía llega a estrechas y enmarañadas encrucijadas, donde la desesperación suele llegar antes que la solución. Y ahí es cuando algunos suelen buscar refugio en instancias superiores, en la fe, en aquellos fantasmas que surcan nuestra historia.
Pero cuando la lógica disipa a la fe, cuando ni siquiera esa instancia superior nos alivia. Siento que mi equilibrio sucumbe, y caigo en brazos de una cierta locura abstracta que se diluye en elocuentes ocurrencias e infantiles formas de llamar la atención
Entonces intento colgarme del filo de la navaja , pero la piel de mis manos se desgarra, y caigo de nuevo, y mi vida se convierte en un permanente e infructuoso estado de búsqueda de aquel fino equilibrio, cayendo constantemente a uno y otro lado y dejando hasta mis entrañas en cada intento por volver a subir. Con el horroroso y mortificante temor de caer definitivamente en el lugar equivocado.
Pablo F. Schirliski
Acepciones
Tal vez usted sepa
Todo lo que yo la extraño
Por mas extraño que le parezca
Que yo pueda extrañar
A alguien como usted.
Pero no se extrañe
Si alguien como yo
La extraña tanto o mas
De lo que tal vez
Usted pueda extrañar
A cualquier persona
Que la extraña tanto
Como lo hago yo.
P.Schirliski
Todo lo que yo la extraño
Por mas extraño que le parezca
Que yo pueda extrañar
A alguien como usted.
Pero no se extrañe
Si alguien como yo
La extraña tanto o mas
De lo que tal vez
Usted pueda extrañar
A cualquier persona
Que la extraña tanto
Como lo hago yo.
P.Schirliski
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