El viento venía del noreste, me pegaba en la cara y yo podía sentir ese aroma tan particular del mar. Estaba parado en la orilla y las olas venían a morir a donde estaba como invitándome a una fiesta de agua, fuerza y espuma. Mis pequeños pies se hundían en la arena mojada, miraba fijo las olas al retirarse y perdía el equilibrio hasta caer sentado como si estuviera pegado al suelo.
El sol comenzaba a desaparecer por detrás de las casitas y yo estaba feliz, el verano recién empezaba y sabía que, ahora al volver de la playa, me esperaría el té con galletitas Sueños del mar, y después iría a jugar con mis amigos por los pasillos bordados de canteros con Damas de noche y Azucenas. O tal vez me esperaría una escondida multitudinaria cuyo campo de juego se extendería hasta las casas vecinas, o quizás un baile en el patio grande, o un tímido pero eficaz intercambio de verdades y consecuencias que dejarían al descubierto reveladores secretos amorosos. Y después o quizás mañana iría de paseo al centro, y seguramente iríamos todos juntos y nos sorprenderíamos con los cambios, con las cosas nuevas y con las que se habían ido con el verano anterior.
Es raro que me duerma en la ruta pero el asiento de atrás del auto es verdaderamente tentador. No se si es el aroma en el aire o el cambio de ritmo del auto, pero cuando uno se duerme en el viaje, suele despertarse automáticamente al entrar a este pueblo. Estaba de buen humor, pues soñar con cosas que me han hecho feliz me hacía muy bien.
Era una mañana fresca de octubre pero se notaba que el sol iba a quedarse durante todo el día. Llegamos a Casitas Gloria por la Av. Costanera. Y aquel sol que recién salía del mar pegaba de frente en las paredes despintadas, y los desprolijos grafitis resaltaban en la descascarada pintura de manera impertinente. El abandono se percibía antes de entrar. Mientras buscaba las llaves en el bolso me detuve a pensar en cuanta razón tenía Don Ricardo Cardillo cuando, hace sesenta años, decía que llegar acá era una gloria. A pesar de que hoy es mucho mas sencillo el viaje. Pisar estas playas, esta arena, esta casa, para mi seguía siendo una gloria.
Quise abrir la puerta pero me fue imposible, el aire de mar y la excesiva humedad habían roído las cerraduras de tal manera que el mecanismo se había convertido en una maza amorfa de hierro oxidado. Decidí trepar por la chimenea de la esquina y entrar de todas formas por la terraza. Al bajar la escalera tuve que pasar entre los escombros y un montón de botellas rotas que escondían los escalones. El impacto, al pisar el pasillo, fue desbastador, todo estaba sucio y destrozado. Las puertas y ventanas habían sido forzadas y los departamentos estaban casi vacíos, se habían robado todo lo que podía llegar a ser de algún valor. En los baños los sanitarios habían sido arrancados y faltaban todos los caños de plomo.
Corrí por el único departamento con doble entrada y fui hasta el primer patio. Me quedé por un instante paralizado ante aquel panorama. De pronto pude sentir como el alma se me despegaba del cuerpo, pude abstraerme y verme parado en aquel patio entre los cardos que crecían desde las grietas del piso y alcanzaban casi los dos metros de altura. Y me pregunté en que momento me había quedado solo, por que todo aquel lugar significaba lo que significaba sólo para mi. Que había sido de todos esos chicos que jugaban a la escondida conmigo y que llenaban de alegría los floridos pasillos que hoy estaban desiertos, no solo de flores, si no también de aquellas almas que inundaban de vida aquel lugar. Todos habían crecido y el destino los había llevado por diferentes rumbos, y así cada uno de ellos se fue alejando de mi. Pude sentir como mis sueños también se alejaban, tenía que aceptar que mis hijos jamás podrían disfrutar de una infancia como la mía, donde las vacaciones no solo eran aquel merecido descanso anual, si no que también eran miles de vivencias, era conocer nuevos amigos, descubrir el mar, el amor.
Muchas veces soñé con olas gigantes, con un mar negro que por la noche crecía y se llevaba todo. Hoy ese mar se había convertido en abandono, en desidia, en olvido.
Mi alma me volvió al cuerpo despabilándome con un fuerte escalofrío. El olor nauseabundo que salía de los oscuros departamentos abiertos trepaba por mi nariz. Y yo tenía esa horrible sensación de haber tomado conciencia de la cruda realidad, de que mi niñez, mi pedacito de mar y mis amadas casitas se perderían para siempre y que nada podría hacer para evitarlo. Me incliné para tomar una pata de rana rota tirada entre los escombros, me senté en el borde de un cantero y desconsoladamente lloré.
(a mis tan ajenas y propias Casitas Gloria... ) Pablo F. Schirliski 16 Octubre 2006.-
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