Sueños
Esa noche camine juntando piedras por la playa, esperaba encontrar en ellas un dejo de algún alma. Por suerte en invierno nos queda algo de intimidad. La luna llena, las estrellas, el mar inmenso, todo era mío. Mi sombra en la arena fría de la orilla, las luces de la Avenida Costanera, las carpas cuasi desarmadas, los dibujos en las paredes de los balnearios, todo eso hacia que me encantara ir a la playa. Pero más importante era para mí la soledad. Esa soledad de reencuentro con mi vida, con mi realidad inconmensurablemente nativa, increíblemente argentina, alocadamente sensible. El piso de la Capital no me interesaba tanto como la arena. El pavimento de las calles de Buenos Aires ya era mío, en cambio la playa, el mar, seguían siendo de ellos mismos, lo que no me impedía sentir pertenencia. Nadie podría dominarlos. Nunca tuve ganas de dominar ese espacio privilegiado, era su magia y lo intocable que podía llegar a ser lo que me atrapaba de él.
Mire un poco, cada vez mas extasiado. Sentí un poco de nostalgia, por los días de aquellos años, que se movían en mi recuerdo como un maremoto de fotos. Imágenes de mi tiempo costero… mi único tiempo quizás para estar sensible. Continué la marcha, cada vez un poco más rápido, cada vez más loco por llegar a la playita de Entre Ríos. Me saque la ropa en un acto de arrebato, y la acomode al lado de lo que quedaba del mangrullo. Corrí de nuevo a la zona lindante entre mi familia y la soledad de los medanos. Me metí al mar helado, sin importarme de nada. Nadé siempre en esa dirección que aleja del cemento, que acerca a la tranquilidad. No me detuve ni un segundo, pasaron los minutos, pasaron las horas, y seguía nadando. Me sentí fuerte, más fuerte que nunca, más Yo que nunca. Definitivamente ese era mi mar. No había otro en el que pudiera ser tan Todo y Nada. No existía otro lugar para mi tan mágico como ese. El agua de mi playa, esa misma jaula de almas que me visitaba en Barcelona y daba por un segundo a mi exilio en un temblor, la energía que me merecía la distancia, para poder afrontarla. Dejé de remar para pensar bien profundo, pensar bien fuerte. Estaba obnubilado, sentía la energía de la presencia. Arrastre un brazo por debajo del agua y noté que no me demandaba esfuerzo el hecho de flotar…estaba liviano, como el aire, como una pluma, como el cielo, que nunca se cae. Pensé mucho en todo y en todos, me desmoroné en un llanto que refería a mi emoción, a mi tristeza, a mi felicidad. Esa felicidad que tenía por estar ahí, compartiendo todo ese tiempo con una parte de mí, esa parte sumergida, esa parte de mi alma. Deje a un lado dos lagrimas y las vi volar, después entregue dos sonrisas y también se fueron con el viento. Me sumergí por un largo tiempo, en el que no necesitaba respirar. Abrí los ojos y me enfrente a ver. Me llené de energía y estaba listo para volver.
Emprendí el regreso, guiado por mi instinto, ya sin luz, sin ver la costa, nade en dirección correcta, como si un ángel o más me tomaran de los brazos y me llevaran derecho a casa. Salí del mar y me vestí mojado. Caminé por la playa unos metros y salí por mi salida. Entre a "Houses", otro de mis lugares. Subí las escaleras de ese departamento que siempre va a ser mío, y me encontré con mis amigos. Todos me preguntaron que me había pasado y les conté la verdad…
Les dije que caminaba por la playa y que una ola de sentimientos me invadió por un instante y que ese instante se hizo largo. Y que esa ola, me mojo para siempre.
Ricardo C. Wallach (Augusto Bautista Candulo?)
Dedicado a Pablo Cardillo
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