Ramón y María se conocieron y desde ese día supieron que iban a amarse para siempre. Ramón veía en María a la mujer más hermosa del mundo, y María encontraba en Ramón al hombre más sincero y cariñoso de la tierra.
Siempre que se acercaba la hora del encuentro, un torrente de ilusiones corría por sus venas y el corazón parecía salírseles del pecho. Juntos eran invencibles, nada los asustaba; ni el tiempo, ni la muerte; y cuando la luna los sorprendía en la quietud de la noche podía vérselos en algún banco de la plaza del barrio, estrechados en un beso eterno y formando una silueta única. El resto del mundo no existía, ¿para que? Si se tenían el uno al otro.
Un día, de paseo por la costanera, se encontraron de repente abrazados, junto al río, jurándose amor eterno.
Hoy, después de veinte años, ya no están juntos. No se sabe bien que pasó; pero el destino les jugó en contra. Pareciera como que una tormenta de hastío y dolor hubiese caído sobre sus cabezas.
El barrio, y la plaza que los vio juntos, siguen ahí, en algún rincón de la fílcar; pero un chisme, de esos que vuelan como el colibrí, de lengua en lengua; llegó hasta mí y me enteré que: Ramón vive sólo en una pequeña casa junto al mar, rodeado de animales. Nunca volvió a enamorarse, ni pudo olvidar jamás a María. María en cambio se casó, tuvo hijos y se radicó, con su familia, en Tucumán. Ya casi ni lo recuerda, pero íntimamente sabe que un pequeño rincón de su corazón está ocupado, ocupado por un amor perdido en el tiempo. Y en las noches claras y serenas, cierra los ojos y puede distinguir, entre sombras, una silueta; la cual no puede enfocar bien. Pero, como una ola, la invade, por un rato, una inmensa felicidad.
PABLO FERNANDO SCHIRLISKI

No comments:
Post a Comment