Friday, October 06, 2006

La Marca

Como todas las mañanas la sinfonía numero seis de Gustav Mahler ponía fin al sueño de Juan Manuel e irrumpía en su habitación casi con la misma impertinencia que el sol, Eugenio Bracamonti y su informativo radial de la mañana. Mientras Juan tanteaba desesperadamente su mesa de noche en busca del control remoto, pensaba: ¿por que este hombre comienza siempre su programa de radio con la misma sinfonía?, y no comprendía si era por ese perfil trágico con el que solía encarar las noticias, o por lo trágico del programa, en fin, ¿por que la sinfonía TRAGICA número seis de Mahler? Y peor aun, ¿por que siempre se despertaba con el mismo programa de radio?, pensó que tal vez ese rechazo tan grande que le provocaba despertarse así, era justamente lo que lo despabilaba.
Se levantó, y como pudo, tambaleante y a los tropiezos con los libros y apuntes que habían encontrado el final de la noche en la alfombra, llegó hasta el baño. Se lavó la cara con jabón, como siempre, y se secó con fuerza como intentando dejar pegado el sueño en la toalla. Dirigió la mirada a su muñeca en busca de la hora y lo sorprendió la blancura de su brazo, la falta de sol había borrado hasta la marca del reloj, trató de recordar donde habría quedado ese vendito reloj, y pensó en que debería buscarlo ya que si lo olvidaba la clase teórica de Histología a la que debería concurrir esa mañana, se haría aun mucho mas larga y tediosa si dejaba escapar al tiempo de la orbita de su estricto control.
Bajó al comedor, y no le llamó la atención que su madre no estuviera, ya que los martes solía ir temprano al club naval donde se encontraba con sus agrias compañeras de ocio.
Desayunó, ese intomable café negro que todos los días solía arrebatarle el ultimo resquicio de agotamiento de su alma, y fue en busca de su guardapolvo blanco. Al no verlo colgado en su placard se encaminó rumbo al lavadero, siempre lo dejaba allí cuando llegaba de la facultad, ya que cuando tenia clase de Anatomía el olor a formol y materia cadavérica se impregnaba indecorosamente en las fibras de su atuendo y eso le provocaba una rinitis alérgica tan fuerte, que se veía obligado a quitarse toda la ropa en el lavadero antes de entrar a la casa. Refunfuñó al verlo lavado pero arrugado, seguramente Teté no habría tenido tiempo para plancharlo debido a que los lunes, a su madre se le ocurría hacer limpieza general y vaciar todos los placares de la casa, claro que ella dirigía a la pobre teté desde su cómodo asiento de espectadora.
Buscó la tabla de planchar, que siempre estaba plegada y guardada al costado del seca ropa, y trató de abrirla sin agarrarse ningún dedo, y pensó en ese extraño mecanismo de la mente que hacía que cada vez que una persona realizaba un acto mecánico y cotidiano generalmente recordaba algo relacionado con el mismo acto, que había sucedido con anterioridad. Algunos recuerdan una canción escuchada al azar cada vez que toman un martillo, otros recuerdan el aroma de determinada loción cada vez que se afeitan. El, en cambio, había recordado que cada vez que abría la tabla de planchar se agarraba un dedo. Levantó la tabla con todo cuidado, desplegó las patas de caño y cuando bajó la tabla nuevamente ocurrió lo inevitable, su meñique de la mano izquierda había quedado atrapado entre el caño y la tabla. Un aullido de dolor y un insulto posterior rompió el silencio del piso de abajo de la casa. Y mientras planchaba su delantal siguió pensando en esos raros mecanismos de la mente, y pensaba en que a él esos recuerdos, a veces se le representaban como reveladoras películas, que lo abstraían de la realidad vaya uno a saber cuanto tiempo.
Al ver la hora en el reloj de la pared del lavadero reflexionó en que ya se le estaba haciendo tarde, en que luego de la clase teórica tendría práctico de Esplagno en la Cátedra de Anatomía y en que el día iba a ser largo.
Cuando estaba por doblar su guardapolvo reparó en que cada vez que se ponía una camisa recién planchada, además de la desagrable sensación de ponerse un trapo caliente sobre la piel, este trapo se arrugaba al instante con el solo hecho de atarse los cordones. Entonces decidió colgarlo en el respaldo de una de las sillas del comedor para que se enfríara, mientras tanto iría a su habitación en busca de sus carpetas, libros, lapiceras, pinzas, etc.
Una vez listo se encaminó hacia la puerta, y al tomar el picaporte otra vez la misma película. Pensó en su papá, mejor dicho se lo imaginó ya que no lo había conocido, siempre que tomaba el picaporte trataba de imaginar la escena: su papá en su impoluto uniforme azul de la marina, y en sus manos ese gran paquete envuelto en papel madera sujeto con hilo sisal, luego una explosión, y mas tarde la destrucción casi completa del frente de su casa. Era raro, recordaba algo que solo le habían contado. Salió a la calle y se encaminó a la Universidad.
Al cruzar la plaza reparó en la frialdad de ese edificio tan grande revestido en mármol que proyectaba una sombra monstruosa que casi llegaba a la Av, Córdoba, y en la mayor frialdad aun de las cinco inconmovibles estatuas que aguardaban su llegada sobre la entrada de la calle Paraguay.
Ingresó al salón de teóricos y buscó asiento, ni muy adelante para evitar una falsa apariencia obsecuente, ni muy atrás para no revelar ese espíritu de holgazán y atorrante que tan celosamente solía reprimir. Se sentó, miró la hora, y su muñeca le reveló lo ya inevitable, había olvidado su reloj, pensó: ahora como especular con el final de la clase. Buscó silenciosamente ayuda y al ver en su compañero, sentado a su derecha un hermoso y enorme reloj de pulsera, se tranquilizó.
El teórico pasó como de costumbre sin pena y sin gloria. Bajó los tres pisos al hall de entrada del edificio para volver a subirlos por el otro sector, para llegar a la cátedra de anatomía. Haciendo honor al mecanismo mental de las relaciones se cuestionó, como siempre, por qué los pisos de la facultad no estaban conectados entre sí, y por qué había que bajar por un lado para volver a subir por el otro, solo para llegar al mismo lugar pero del otro lado de la pared.
Entró al gran y luminoso salón de prácticos de anatomía, ya en el pasillo el penetrante olor a formol en el aire le empezó a hacer arder los ojos y a provocar esa maldita alergia, tanteó el bolsillo del saco para confirmar la existencia de sus gotas. Era temprano, así que sus compañeros todavía no habían llegado. El salón se encontraba casi vacío, solo algunos ayudantes iban y venían entre las mesas con algún apunte, algún brazo, algún frasco. Por suerte en su mesa, la numero siete, el preparado ya se encontraba allí como esperando a los estudiantes. Se detuvo un rato a contemplar su material de estudio, y observó que el cadáver habría sido una mujer de unos 60 años, no tenía piernas ya que las mismas seguramente estaban en algún rincón de los piletones o en la mesa de algún novato ayudante, sometidas a sus primeras prácticas de disección. El resto del cuerpo estaba casi completo, salvo por el gran hueco en su abdomen que se habría paso desde la pelvis hasta el diafragma. Las capas mas externas de la piel y el tejido graso se encontraban abiertas como una cortina y sostenidas con agujas hipodérmicas clavadas en el flanco derecho del cadáver, las capas musculares que conformaban los abdominales no estaban, el peritoneo había sido abierto y las asas intestinales estaban desplazadas hacia la izquierda, podía verse perfectamente la aorta descendente y las arterias renales.
Pensó en que seria bueno aprovechar el momento para repasar un poco, abrió el libro y lo apoyó sobre un banco alto Luego se colocó su guardapolvo, y los guantes de látex. Abrió la caja de acero y tomó la pinza, ojeó el tomo de testudt que había colocado en el banco y resolvió que para llegar a ciertas estructuras que le mostraba un grafico había que hacerlo con la mano. Colocó la pinza nuevamente en la caja, se remangó el delantal, tiró del borde del guante hacia arriba, e introdujo la mano detrás del estomago. Al mover las asas intestinales, una de las agujas hipodérmicas cedió cayendo la piel y el tejido graso subcutáneo, sobre el abdomen tomando la forma originaria y salpicando Formol a su alrededor. Por reflejo Juan Manuel cerró los ojos, y al cerrarlos pudo ver con claridad la pared gris y húmeda del pequeño calabozo, pudo escuchar como retumbaban los gritos en los altos techos del galpón , pudo ver a una mujer muy sucia, en muy mal estado general, con sus ropas que se resumían a una especie de camisón hecho jirones percudido y muy sucio. Aquella mujer estaba sentada en el suelo de la celda, en ese pequeño espacio de un metro por dos, solo la acompañaban un tacho de pintura con excrementos y orina, y una manta arrugada y descolorida. Estaba pariendo en ese lugar inhumano en medio de un charco de líquido amniótico sanguinolento, sus gritos despertaron la atención del guardia quien al abrir la puerta de la celda se encontró con ese dantesco espectáculo. Pudo ver como el guardia tomaba a la mujer en sus brazos y la llevaba a una pequeña y rudimentaria cocina. La recostó sobre la mesa y apenas logró atajar al niño que prácticamente colgaba del cordón. El hombre se quito la campera y envolvió al recién nacido, sacó una Sevillana de su bolsillo trasero y corto el cordón. Le entregó el niño a su madre y se retiró del recinto.
En cuanto se quedó sola la mujer corrió con el niño en brazos hasta la mesada donde había una pequeña hornalla encendida, y una caja de zapatos. Metió la mano en la caja y lo primero que halló fue un sacacorchos. Lo tomó por el extremo y calentó la manija en la hornalla, en cuanto el metal se puso al rojo, lo tomó con la manga del sweater para no quemarse las manos, y se lo apoyó en su vientre todavía hinchado, a través de un agujero en el camisón Un dolor espantoso transformó su rostro. La quemadura dejó una marca semejante a la de un pequeño estribo. Rápidamente realizó el mismo procedimiento en el brazo derecho de su pequeño hijo.
Los gritos y el llanto del bebé trajeron denuevo a Juan Manuel a la realidad, abrió sus ojos y horrorizado vio la marca en forma de estribo en el retazo de piel descolgada del cadáver, y vio una copia exacta en su propio brazo arremangado. Quitó la mano del abdomen de su madre y dio espantado un paso hacia atrás. Tardó solo unos segundos en reaccionar, empujó la puerta vaivén del aula y salió corriendo hacia las escaleras mientras se quitaba los guantes. Bajó un par de escalones y se precipitó por el hueco de la escalera. Su cabeza golpeo en el pasamanos de granito del segundo piso, y su cuerpo indemne se estrello con un sordo ruido, en el piso del subsuelo.
Juan Manuel murió al instante, no se sabe bien lo que pasó: si tropezó y cayó, o si no pudo soportar la cruda realidad. Poco importa hoy si fue una cosa u otra; la realidad era una sola y el destino se había encargado de dejarla fatalmente impresa en esa mesa de acero inoxidable, y en el solitario y sucio piso del subsuelo de la Facultad, esa fría tarde de Agosto de 1997.-



Pablo F. Schirliski 12/12/2005.-

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