Estaba atardeciendo, la calle se había teñido de una gris y triste humedad. El otoño se hacía presente en el crujir de las hojas secas bajo mis pies. Caminaba sin rumbo, y en mi cabeza solo estaba su imagen, la veía junto a mi paseando por la playa, la veía besándome y diciendo entre caricias:
- Te amo, ojitos de mar...
El estomago se me hacía un nudo y mi corazón latía a gran velocidad. Su recuerdo era pesaroso, pues ya no estaba conmigo; pero no podía dejar de pensar en ella, la veía en todas partes: en el aroma de algunos perfumes, en la música, en el cielo y hasta en los televisores de las vidrieras... estaba su presencia flotando en la atmósfera, permanentemente la sentía cerca de mí, escuchaba su vos mezclada con el viento. De repente la vi, justo doblaba en la esquina, era su pelo y llevaba puesto su largo gamulán marrón. Corrí para abrazarla, pero cuando llegué ya no estaba. La calle estaba desierta, y las hojas en el piso bailaban con el viento, al son de una triste melodía que se dejaba oír a través de una ventana. Choqué contra el poste que indicaba que me encontraba en la esquina de la calle Carlos Tejedor y Villate, estaba desorientado, recordaba haber estado tomando un café en el Esportman, en el barrio de Belgrano. Ahora frente a mí y entre sombras se dejaba ver la estación de Munro, rodeada de pequeños espacios verdes, y custodiada por enormes eucaliptos que con su gigantesca silueta anticipaban la noche. Me sentí cansado y decidí sentarme en unos largos y fríos bancos circulares. El olor fuerte y descongestivo de los árboles trajo a mi mente el recuerdo de las plazas de San Bernardo y ahí otra vez aparecía ella. Estaba más linda que nunca, llevaba puesto un vestido largo que resaltaba su delicada figura, me miró a los ojos y me dijo entre lágrimas, que no podía darse el lujo de amarme, me besó en la frente, montó un imponente caballo blanco y se perdió detrás de los médanos.
El viento en la cara, y el áspero sonido del tren me trajeron de nuevo a la realidad. La gente inundaba los andenes con paso apurado, había en ellos una indiferencia tal que me hacía sentir aún más indefenso.
La noche no se hizo esperar y entre el murmullo de los que se perdían sentí un lastimoso quejido, sin pensarlo me levanté y empecé a buscar de donde venía. Lo encontré al pie del único sauce del lugar, estaba sentado con su cabeza entre las rodillas, vestía una blanca y holgada camisa a modo de túnica y emanaba de su cuerpo un incandescente fulgor amarillo que parecía ser su aura. Lloraba sin consuelo. Me acerque, puse la mano sobre su pelo y le dije:
- Por qué llorás?
Él levantó la cabeza y me miró a los ojos. Me llené de espanto al verlo, era igual a mí, era mi rostro pero con una palidez desconocida.
- de impotencia -me dijo- porque estás triste y no puedo ayudarte
- Cómo te llamás? , Quién sos?. Le pregunté
- Hace ya varios años me bautizaste Villa lobos Ramírez, mi antiguo nombre no lo recuerdo. Soy tu única y perpetua compañía, soy tu ángel de la guarda.
- Y que te pasa?
- no solo ella te abandonó, vos también lo hiciste. Estás hecho un despojo y a mi se me hace muy duro cargar con tu tristeza. Pero tenés dos opciones...
- Cuáles? –le pregunté ansioso-
- O te hundís en la congoja y aceptas tu triste y desafortunado destino, o peleas por ella, así tengas que ir al mismo infierno. Contarás conmigo sólo si sabés elegir...
- Que cosa?
- a su debido momento lo sabrás - y perdiéndose en la oscuridad, continuó diciendo: - de todos modos abajo te estarán esperando...
Un coche con vidrios oscuros se detuvo ante la barrera baja, en el estéreo sonaba una melancólica canción, era la misma que había escuchado a través de aquella ventana. Como una película, volví a ver su imagen con su gamulán y su pelo suelto volcado sobre los hombros. Lloraba y repetía mi nombre. El miedo me paralizó por un instante, en cuanto reaccioné empecé a correr. Más o menos a las tres cuadras sentí que el tranco se me hacía más liviano, y que podía correr sin cansarme. Me detuve cuando llegué a la avenida Mitre. De pronto, un escalo frío me heló la sangre, pero al instante me sentí mucho mejor que antes. Al pasar por la vidriera de un bar creí ver en mi reflejo un brillo especial. Tomé un remis en la esquina y en paz me alejé de aquel lugar. La decisión ya había sido tomada.
Pablo F. Schirliski.
9-02-2000.-
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