Monday, December 04, 2006

EL SEGUNDO FATAL


Como todos los días la autopista del Oeste está al tope. Los coches zigzaguean y pasan a gran velocidad por izquierda y derecha, me conformo con mirar la mano contraria, la que va a Lujan. Está mucho peor, claro, son las cinco y cuarto de la tarde, y todo el mundo, a esta hora, está volviendo.
Es una tarde de perros; hace mucho frío y la llovizna mezclada con la mugre del asfalto, forma, en el parabrisas, una capa espesa que no permite ver nada; y encima la calle parece una pista de hielo. Pongo la radio y decido distraerme con algo, así el viaje se hace más liviano. Otra vez ronda por mi cabeza el tema del segundo fatal. Ese segundo en el cual todo coincide. En el que puede ocurrir: una desgracia, o un milagro; que te cambien la vida. Esto mismo le pasó a Andrés.
Era verano, de noche, el calor derretía las paredes. La escuela ya estaba vacía. Era una casona antigua en medio de un jardín franqueado por unas gruesas rejas negras; este jardín, al igual que el botánico estaba habitado por una numerosa cantidad de gatos; que esa noche, como todas, peleaban por la comida que la gente les tiraba. En su pequeño habitáculo, atestado de monitores; Andrés había decidido cambiarse. Estaba cansado; venía con un ritmo de trabajo que duplicaba al abitual; ya que la mitad del personal estaba de vacaciones. Se sentó en un sillón contiguo a la consola y se puso ropa mas cómoda, tenía toda la noche por delante... De repente el segundo trágico se presentó: se paró sin atarse los cordones, tropezó, cayó sobre la consola accionando el botón que abría el portón de entrada y salida de vehículos. Mientras tanto, afuera una mujer, de edad avanzada, había pasado un brazo y parte de su cuerpo a través de las rejas del portón para acariciar a los gatos. Repentinamente éste se abrió, sorprendiendo a la mujer y aplastándola contra las rejas. En un instante el destino de Andrés había cambiado; la señora estaba muerta y él acababa de convertirse, sin quererlo, en un asesino.
Me detuve en la estación de peaje, pagué, y continué mi camino al centro. De golpe recordé aquellas vacaciones en las que estabamos en la playa. Andrés casi no se podía poner las patas de rana, para ir a nadar, ya que tenía el dedo gordo del pié destruido por culpa de la pata de la cama; la misma se había interpuesto en su camino tres veces en dos días; conociendo sus despistes y los de suprimo Ricardo, mi amigo de toda la vida, no dudo que haya podido tropezar con sus cordones. Ahora, solo, faltaba que lo creyera el tribunal. Recordé también que ese mismo verano, Ricardo; nadando, mar adentro, como lo hacíamos habitualmente, había chocado con el único vehículo acuático que había en toda la costa; un pequeño jet ski que estaba anclado a trescientos metros de la orilla. Recordé también que salió del agua con una hermosa herida en la frente... no hay duda, el despiste es un mal familia.
Estacioné el coche sobre la Uruguay y caminé por Lavalle hacia tribunales. Cuando doblé en Talcahuano vi la calle repleta de móviles de distintos canales de televisión. El caso de Andrés había adquirido notoriedad debido a la vocación actoral de los abogados de la querella.
Entré al viejo edificio del palacio de tribunales y siguiendo un grueso tendido de cables, con los que tropecé (creo que esto es contagioso), me encaminé hacia la sala de audiencias de la Planta Baja, por cierto una sala con historia. Al entrar observé que, a diferencia de los días anteriores, estaba repleta. Aun costado, cerca del estrado, había una veintena de cámaras de televisión, cada una unida, por medio del micrófono, a un periodista; los cuales se empujaban y entrecruzaban en busca del lugar ideal. Los reflectores hacían resaltar el revestimiento de cedro, por cierto muy bien cuidado, de la sala. De pronto una puerta se abrió e irrumpieron en el lugar dos guardias enfundados en ropa de fajina gris. Traían a Andrés esposado como si fuera un peligroso criminal. Los flashes dieron aviso de que una numerosa cantidad de cámaras se disparaban en busca del rostro del asesino. Un escalo frío me recorrió la espalda. Casi al instante, y ante la orden del secretario, nos pusimos todos de pié y entraron los integrantes del tribunal. Inmediatamente, el presidente dio lectura al veredicto.
Luego de una extensa explicación, muy didáctica, el tribunal sentenciaba a Andrés a diez años de prisión. Entre el estupor de sus amigos y el llanto de sus familiares; algunos aseguraban que se había hecho justicia. Yo continuaba paralizado en mi asiento. La sala se fue desalojando poco a poco como si la película hubiese terminado. Cuando reaccioné, me levanté y en silencio caminé hasta la calle. Todavía estaba lloviendo. Ya camino a casa varias cuestiones pasaban por mi mente: la justa justicia, siempre es justa? Acababan de mandar a la cárcel, por diez años, a un hombre incapaz de lastimar a nadie, su familia quedaba destruida económica y moralmente y la forma de hacerle pagar su mala suerte era quitándole años de su vida. Pero esto a nadie le importa. La sociedad, sin conocerlo ya lo había condenado.
Pensé también: que esto mismo le pudo pasar a cualquiera, que el segundo fatal existe; y que está ahí, en nuestro futuro, al acecho; esperando el momento menos pensado para jugarnos una mala pasada.
Por último traté de conformarme con que si tenía buena conducta, con dos tercios de la condena cumplida, Andrés saldría en libertad. Igual es mucho tiempo, mas aún, creo, para el que está encerrado. Nadie puede garantizarnos que pasará en el futuro, solo sé que tanto a Andrés, como a Ricardo y a mí, el mar nos une y que está ahí esperándonos, aunque más no sea para intentar lavar, por lo menos, alguna que otra herida.


Pablo Fernando Schirliski
1999-07-21.

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